Joshua.—He aquí las llaves: se han de abrir doce puertas antes de llegar á la orilla del agua; de modo que tardaréis un cuarto de hora largo.
Juana.—¡Un cuarto de hora! ¡Doce puertas! ¡Esto es horrible!
Gilberto (abrazándola).—Adiós, Juana; algunos instantes más de separación y nos uniremos para toda la vida.
Juana.—¡Por toda la eternidad! (Al barquero.) Buen hombre, os lo recomiendo.
Maese Eneas (en voz baja al barquero).—Por si ocurre un accidente, no te apresures.
(Gilberto sale con el barquero.)
Joshua.—¡Está salvado! Ahora, nosotros; es preciso cerrar ese calabozo. (Cierra el calabozo de Gilberto.) Ya está hecho. Venid pronto por aquí.
(Sale con Juana por la otra puerta oculta.)
Maese Eneas (solo).—Fabiani ha quedado en la ratonera. He ahí una jovencilla muy diestra, que maese Simón Renard hubiera pagado á peso de oro. Pero ¿cómo tomará esto la Reina? Con tal que no recaiga la culpa sobre mí...
(Entran lentamente por la galería Simón Renard y la Reina. El tumulto exterior ha ido en aumento; la noche acaba de cerrar; óyense gritos de muerte, el rumor de las oleadas de la multitud, crugido de armas, detonaciones y pisadas de caballos. Varios caballeros, daga en mano, acompañan á la Reina; entre ellos va el Heraldo de Inglaterra Clarence, llevando el estandarte real, y el Heraldo de la Orden de la Jarretera con la banda de la misma.)