(Van en aumento y acércanse cada vez más.)
La Reina.—¡Muera Fabiani! Señores, ¿oís ese pueblo que grita? Es preciso darle un hombre; el populacho quiere comer.
Simón Renard.—¿Qué ordena Vuestra Majestad?
La Reina.—Señores, paréceme que todos tembláis alrededor de mí. ¡Por el cielo! ¿será necesario que una mujer os enseñe á ser caballeros? ¡Á caballo, señores, á caballo! ¿Os intimida la canalla por ventura? ¿Temerán las espadas á los palos?
Simón Renard.—No permitáis que las cosas vayan más lejos, señora; ceded mientras sea tiempo; ahora podéis decir «la canalla»; de aquí á una hora diréis «el pueblo».
(Los gritos redoblan; el ruido se acerca.)
La Reina.—¡Dentro de una hora!
Simón Renard (se dirige á la galería y vuelve).—Dentro de un cuarto de hora, señora. Han forzado ya el primer recinto de la Torre; un paso más y el pueblo estará dentro.
El pueblo.—¡Á la Torre, á la Torre! ¡Muera Fabiani, muera Fabiani!
La Reina.—¡Qué verdad es que el pueblo es una cosa horrible! ¡Fabiani!