Simón Renard.—¿Queréis ver cómo le despedazan á vuestra vista en pocos momentos?

La Reina.—¡Verdaderamente es una infamia que ninguno de vosotros se mueva, señores! Pero ¡en nombre del cielo, defendedme!

Lord Clinton.—Á vos sí, señora; á Fabiani, no.

La Reina.—¡Dios mío, será forzoso confesarlo; pero no importa, tanto peor! Fabiano es inocente, Fabiano no ha cometido el crimen por el cual se le condena. Yo y el cincelador Gilberto lo hemos inventado y combinado. ¡Todo es pura comedia! ¿Osaríais desmentirme, señor embajador? ¿Y no le defenderéis ahora, señores, puesto que os digo que es inocente? ¡Por mi Dios, por mi corona y por el alma de mi madre, juro que es inocente del crimen de que se le acusa! ¡Defendedle, mi bravo Clinton; exterminad á estos como lo hicisteis con Tomás Wyat! Os juro que es falso que Fabiani haya querido asesinar á la reina.

Lord Clinton.—Á otra reina ha querido asesinar, que es la Inglaterra.

(Los gritos continúan fuera.)

La Reina.—¡El balcón, abrid el balcón! ¡Quiero probar yo misma al pueblo que no es culpable!

Simón Renard.—¡Probad al pueblo que no es italiano!

La Reina.—¡Cuando pienso que un Simón Renard, una hechura del cardenal de Granvelle, es quien osa hablarme así! ¡Pues bien, abrid esa puerta, abrid el calabozo; Fabiano está ahí y quiero verle, quiero hablarle!

Simón Renard.—¿Qué hacéis? Por su propio interés sería inútil dar á conocer á todo el mundo dónde se halla.