El pueblo.—¡Muera Fabiani! ¡Viva Isabel!
Simón Renard.—¿Oís lo que gritan?
La Reina.—¡Dios mío, Dios mío!
Simón Renard.—Elegid, señora: (Señala con una mano la puerta del calabozo.) Ó esa cabeza al pueblo, (Señala con la otra mano la corona de la reina.) ó esa corona á la princesa Isabel.
El pueblo.—¡Muera Fabiani! ¡Viva Isabel!
(Una piedra rompe un vidrio junto á la Reina.)
Simón Renard.—Vuestra Majestad se pierde sin salvarle; ya han forzado el segundo patio. ¿Qué dispone la reina?
La Reina.—Todos sois unos cobardes, y Clinton el primero. ¡Ah, Clinton, ya me acordaré de esto, amigo mío!
Simón Renard.—¿Qué dispone la reina?
La Reina.—¡Oh, verme abandonada así, haberlo confesado todo y no poder conseguir nada! ¿Qué son, y para qué sirven esos caballeros? El pueblo es infame; yo quisiera hollarle bajo mis pies. ¿Hay, pues, casos en que la reina no es sino una mujer? ¡Todas me las pagaréis juntas, señores!