La Reina.—Como si fuera para ti.

Maese Eneas.—Pero, ved que el pueblo permanecerá armado hasta después de la ejecución; para apaciguarle es preciso decapitar á uno ú otro.

La Reina.—Á quien tú quieras.

Maese Eneas.—¿Á quien yo quiera? Esperad, señora... La ejecución se efectuará de noche, á la luz de las hachas, y el reo irá cubierto con un velo negro y amordazado; el pueblo debe mantenerse á cierta distancia, según costumbre, y basta que vea caer una cabeza. La cosa es posible... Con tal que el barquero esté todavía ahí... ya le dije que no se apresurase. (Se dirige á la ventana que da al Támesis.) ¡Aún está ahí; pero ya era tiempo! (Se inclina hacia fuera, con un hacha en la mano, agitando su pañuelo, y después se dirige á la reina.) Está bien; os respondo de milord Fabiani, señora.

La Reina.—¿Por tu cabeza?

Maese Eneas.—Por mi cabeza.

PARTE SEGUNDA