Una especie de sala, en la cual desembocan dos escaleras, una para subir y otra para bajar; la entrada de cada una ocupa parte del fondo del escenario; la primera se pierde en los frisos y la segunda en el foso: no se ve de dónde parten ni á dónde conducen.
La sala está tendida de negro de una manera particular: la pared de la derecha, la de la izquierda y el techo, revestidos con un paño negro cortado por una cruz blanca; el que da frente al espectador es blanco con cruz negra; y uno y otro se prolongan hasta perderse de vista en las dos escaleras. Á derecha é izquierda hay un altar tendido de negro y blanco, como para unos funerales: grandes cirios, sin ningún sacerdote; de las bóvedas penden algunas lámparas funerarias, que alumbran débilmente la sala y las escaleras; lo que las ilumina en realidad es el paño blanco del fondo, á través del cual se distingue un resplandor rojizo, cual si hubiese detrás una inmensa hoguera. Las baldosas de la sala son tumulares. Al levantarse el telón se ve dibujarse en negro sobre el paño transparente la sombra inmóvil de la Reina.
ESCENA I
JUANA y JOSHUA entran con precaución, levantando una de las colgaduras negras, por una puertecilla disimulada
Juana.—¿Dónde estamos, Joshua?
Joshua.—En el descanso de la escalera por donde bajan los condenados que van al suplicio.
Juana.—¿No hay medio de escapar de la Torre?
Joshua.—El pueblo guarda todas las salidas; quiere estar seguro esta vez de que no se le escapará su condenado, y nadie podrá franquear las puertas antes de la ejecución.
Juana.—La arenga que se ha pronunciado desde ese balcón resuena aún en mis oídos. Todo esto es horrible, Joshua.
Joshua.—¡Otras muchas escenas he visto como ésta!