Juana.—La campana ha dejado de tocar.
La Reina.—Porque el cortejo estará en el sitio de la ejecución; el hombre no habrá tenido tiempo de llegar.
(Óyese un cañonazo lejano.)
Juana.—¡Cielos!
La Reina.—Ahora sube al patíbulo. (Segundo cañonazo.) Se arrodilla.
Juana.—¡Esto es horrible!
(Tercer cañonazo.)
Las dos.—¡Ah!...
La Reina.—¡Ya no hay más que uno vivo! Dentro de un instante sabremos cuál. ¡Dios mío, permitid que sea Fabiano el que vuelva!
Juana.—¡Dios mío, haced que sea Gilberto! (Se corre la cortina del fondo, y Simón Renard aparece, conduciendo á Gilberto de la mano.) ¡Gilberto!