Juana.—¡No, mientras esa campana resuene, no habrá concluído! ¡Resignarme á la muerte de Gilberto! ¿Creéis que le dejaré morir así? ¡Ah! ya veo que no me escucháis. ¡Pues bien, si la Reina no me escucha, el pueblo me atenderá! El patio está ocupado todavía por una parte de él, y aunque después me cueste la vida, voy á gritar que se le engaña, y que aquel á quien conducen al patíbulo no es Fabiani, sino un obrero.
La Reina.—¡Detente, miserable! (La coge de un brazo y mírala fijamente con aire amenazador.) ¡Ah, conque lo tomas así! ¡Soy buena, lloro contigo y te vuelves loca furiosa! ¡Ah! mi amor es tan grande como el tuyo, y mi mano más fuerte. No te moverás. ¿Qué me importa á mí tu amante? ¿Será cosa de que todas las jóvenes de Inglaterra vengan á pedirme cuenta de los suyos? Yo salvo al mío como puedo, y á costa de cualquiera. ¡Cuidad de los vuestros!
Juana.—¡Dejadme!... ¡Yo os maldigo, mujer indigna!
La Reina.—¡Silencio!
Juana.—No, no callaré. ¡Ah! me ocurre ahora la idea de que no es Gilberto quien va á morir.
La Reina.—¿Qué dices?
Juana.—No lo sé; pero le he visto pasar con el velo negro, y paréceme que si hubiera sido Gilberto habría sentido algo en el corazón; creo que este me hubiera gritado: ¡ese es Gilberto! pero no ha sido así.
La Reina.—¡Dios mío! eso que dices no deja de ser un absurdo, y sin embargo, me espanta, porque has despertado una de las más secretas inquietudes de mi corazón. Ese motín me ha impedido vigilarlo todo por mí misma. ¿Por qué habré confiado á otros la salvación de Fabiano? Maese Eneas es un traidor, y tal vez andaba allí cerca Simón Renard. ¡Dios quiera que no me hayan hecho una segunda traición los enemigos de Fabiano! ¡Venga aquí alguno, pronto! (Preséntanse dos carceleros.) (Al primero.) ¡Corred, y decid que se suspenda la ejecución: he aquí mi anillo real! Se ha de ir al Mercado Viejo... ¿No dices que hay un camino más corto, Juana?
Juana.—Por el muelle.
La Reina (al carcelero).—Por el muelle. ¡Toma un caballo, y á escape! (El carcelero sale.) (Al segundo carcelero.) Corred á la torre de Eduardo el Confesor; allí hay dos calabozos de los condenados á muerte, y en uno de ellos, un hombre. Conducidle aquí al punto. (Sale el carcelero.) ¡Ah, tiemblo de pies á cabeza, y no tendría fuerza para ir yo misma! ¡Ah! ¡miserable mujer, me haces tan desgraciada como tú, y te maldigo á mi vez! ¡Dios mío! ¿tendrá el hombre tiempo de llegar? ¡Qué ansiedad tan horrible! Ya no veo nada; todo se perturba en mi espíritu... ¿Por quién tocará esa campana? ¿Será por Gilberto ó por Fabiani?