Juana.—¡Señora, oh, no puede ser! ¡Decidme que no es cierto! ¡Esto sería demasiado horrible! Gilberto huyó.

La Reina.—Sí, huía cuando le cogieron, y le han puesto en lugar de Fabiano, bajo el velo negro; es una ejecución nocturna y el pueblo no verá nada; no tengas cuidado.

Juana (profiriendo un grito espantoso).—¡Ah, señora, aquel que yo amo es Gilberto!

La Reina.—¿Qué dices? ¿has perdido la razón? ¿Me engañabas tú también? ¡Ah! ¿Conque es á Gilberto á quien tú amas? ¡Pues bien, qué me importa!

Juana.—(Desfallecida, á los pies de la Reina, solloza y se arrastra de rodillas, con las manos en actitud de súplica. La gran campana no ha dejado de tocar durante esta escena.) ¡Señora, por compasión... en nombre del cielo! ¡Por vuestra corona, por vuestra madre y por los ángeles! ¡Gilberto, Gilberto, salvadle, señora, porque ese hombre es mi vida, es mi esposo; y todo se lo debo á él desde la cuna! Señora; bien veis, sólo soy una pobre infeliz, y que no debéis mostraros severa conmigo. Lo que acabáis de decirme es para mí un golpe tan terrible, que apenas sé cómo me queda fuerza para hablar. Es preciso que mandéis suspender la ejecución al punto, aplazándola hasta mañana, el tiempo necesario para que se reconozca el error. Ese pueblo podrá esperar hasta mañana, y después veremos lo que se ha de hacer. No, no mováis la cabeza; no hay peligro para vuestro Fabiano; yo me pondré en su lugar. Oculta por el velo negro, nadie lo echará de ver por la noche; pero salvad á Gilberto. ¿Qué os importa que sea yo ó él, tanto más cuanto que deseo morir?... ¡Oh Dios mío!... ¡esa campana, esa espantosa campana... cada uno de sus tañidos es un paso más hacia el cadalso, y parece que me hieren el corazón! Haced lo que os pido, señora, pues no hay peligro alguno para vuestro Fabiani. Yo os amo, señora, aunque no os lo había dicho, porque sois una gran reina; ved cómo beso vuestras hermosas manos. ¡Oh! dadme la orden para suspender la ejecución, pues aún es tiempo, porque van muy despacio y hay mucho camino desde la Torre al Mercado Viejo. El hombre del balcón me dijo que pasarían por Charing-Cross, y como hay un camino más corto, un mensajero llegaría á tiempo. ¡En nombre del cielo, señora, compadeceos! Suponed que yo soy la reina y vos la pobre joven; lloraríais como yo, y yo perdonaría. ¡Hacedlo, señora! He temido que las lágrimas no me permitirían hablar. Suspended la ejecución, señora, que en eso no hay inconveniente, ni peligro para Fabiani. ¿No os parece, señora, que se debe hacer lo que yo digo?

La Reina (enternecida y levantando á Juana).—Bien lo quisiera, infeliz, porque tú lloras, como yo lloraba, y sientes lo que yo sentía; mis angustias me hacen compadecer las tuyas. ¡Mira, también yo lloro! Es una desgracia, pobre niña, pues me parece que hubieran podido tomar otro para víctima, como por ejemplo Tyrconnel; pero es demasiado conocido; se necesitaba un hombre oscuro, y no teníamos más que ese á mano. Te explico esto para que comprendas bien. ¡Dios mío, verdaderamente hay fatalidades que no se pueden evitar!

Juana.—Os escucho, señora; yo también tendría muchas cosas que deciros; pero antes quisiera la orden de suspender la ejecución, para que el mensajero la llevase. Hecho esto, podríamos hablar mejor. ¡Oh, esa campana, siempre esa campana!

La Reina.—Lo que tú quieres no es posible, Juana.

Juana.—Sí, es posible. Un mensajero montado puede llegar á tiempo por el muelle, y sino, iré yo. Esto es posible y fácil; ya veis que os hablo con dulzura.

La Reina.—Pero el pueblo rehusaría, y volviendo á la Torre, destruiría cuanto encontrase, dando muerte á Fabiano, que aún se halla aquí. Tú tiemblas, pobre niña, y yo también; á tu vez, ponte en mi lugar, y comprende que no puedo hacer más de lo que hago. ¡No pienses más en Gilberto, Juana, resígnate! ¡Todo ha concluído!