La Reina.—Sí, me río; y tú vas á reirte también; pero antes será preciso bajar ese tapiz, pues siempre me parece que no estamos solas, y que esa espantosa ciudad nos ve y nos oye. (Corre la cortina blanca y vuelve.) Ahora que ya ha salido, y que no hay peligro alguno, puedo decírtelo todo; pero riámonos las dos de ese execrable pueblo que bebe sangre. ¡Oh! ¡es delicioso, Juana! Tú tiemblas por Fabiani, pero puedes reirte conmigo y estar tranquila. El hombre que se llevan, el hombre que morirá, el que toman por Fabiano, no es él.
(Se ríe.)
Juana.—¡Que no es Fabiano!
La Reina.—¡No!
Juana.—¿Pues quién es?
La Reina.—Es el otro.
Juana.—¿Qué otro?
La Reina.—Ya le conoces, es aquel obrero, aquel hombre... Pero ¿qué importa?
Juana (temblando).—¿Gilberto?
La Reina.—Sí; ese es su nombre.