Joshua.—No podríais recorrer toda la Torre conmigo sin riesgo, y es preciso que salgáis de ella. Pensad que Gilberto os espera.
Juana.—¡Gilberto, todo por Gilberto! ¡Id! (Joshua sale.) ¡Oh! ¡qué espectáculo tan espantoso! ¡Cuando pienso que lo mismo habría sido para Gilberto! (Se arrodilla al pie de uno de los altares.) ¡Oh! ¡gracias; sois el Dios salvador! (El paño del fondo se entreabre, apareciendo la Reina, que avanza lentamente hasta el proscenio, sin ver á Juana.) ¡Dios mío, la Reina!
ESCENA II
JUANA, LA REINA
(Juana se oprime contra el altar, y fija en la Reina una mirada de estupor y de espanto.)
La Reina (permanece algunos instantes silenciosa en el proscenio, con la mirada fija, pálido el rostro, y como absorta en sombría meditación; al fin deja escapar un profundo suspiro).—¡Oh, el pueblo! (Pasea á su alrededor una inquieta mirada y ve á Juana.) ¿Quién está ahí? ¡Ah, eres tú, Juana! Te inspiro pavor sin duda... pero no temas nada. Ya sabrás que maese Eneas nos ha hecho traición. Te digo, niña, que no has de temer nada de mí, pues lo que te perdía hace un mes te salva hoy. Tú amas á Fabiano. Entre todas las mujeres, sólo nosotras dos tenemos el corazón así; ambas le amamos; somos hermanas.
Juana.—Señora...
La Reina.—Sí, tú y yo, dos mujeres solas tiene á su favor; todo lo demás se declara en contra suya; la ciudad entera, un pueblo en masa, todo el mundo. ¡Lucha desigual del amor contra el odio! Fabiano está triste, espantado, aturdido; tiene tu frente pálida, y mis ojos llenos de lágrimas; ocúltase junto á un altar fúnebre, y ora por tu boca, mientras que maldice por la mía. El odio contra Fabiani triunfa; armado y victorioso, manifiéstase por la corte, por el pueblo, por esas turbas de hombres que llenan las calles, profiriendo gritos de muerte y de alegría: soberbio y todopoderoso, ese odio ilumina toda una ciudad alrededor de un cadalso. ¡El amor está aquí, representado por dos mujeres vestidas de luto en una tumba; el odio está allí! (Separa violentamente el paño blanco del fondo, que al desviarse deja ver un balcón, por el cual se divisa, en una noche oscura, toda la ciudad de Londres espléndidamente iluminada, como también lo está lo que se ve de la Torre. Juana fija una mirada de asombro en aquel espectáculo deslumbrador, cuya reverberación ilumina el escenario.) ¡Oh ciudad infame, rebelde y maldita; ciudad monstruosa que empapa su traje de fiesta en la sangre, y que alumbra con sus hachones al verdugo! Eso te infunde pavor ¿no es verdad, Juana? ¿No te parece, como á mí, que esa multitud se burla cobardemente de nosotras, y que nos mira con sus cien mil ojos de fuego, á nosotras, débiles mujeres abandonadas, perdidas y solas en este sepulcro? ¿No la oyes, Juana, reirse y gritar? ¡Oh, daría la Inglaterra á quien pudiese destruir á Londres! ¡Cuánto daría por trocar esas luces en llamas, y esa ciudad iluminada en un mar de fuego!
(Se oye fuera inmenso rumor, seguido de aplausos y gritos confusos que dicen: ¡Ya viene, ya viene; muera Fabiani!—La gran campana de la Torre de Londres produce fúnebres tañidos. Al oir este rumor, la Reina profiere una carcajada terrible.)
Juana.—¡Gran Dios, ya sale ese infeliz!... ¿Os reís, señora?