Los dos heraldos.—¡Rogad por él!

(El cortejo cruza lentamente por el fondo del teatro.)

Juana.—Lo que vemos es una cosa terrible. Joshua, esto me hiela la sangre.

Joshua.—¡Ese miserable Fabiani!

Juana.—¡Paz, Joshua! Bien miserable, pero muy desgraciado.

(El cortejo llega á la otra escalera. Simón Renard, que desde hace algunos instantes se ha presentado en la entrada de aquella, observándolo todo, se aparta para dejar el paso libre; el cortejo penetra bajo la bóveda de la escalera, donde desaparece poco á poco. Juana le sigue con la vista, poseída de terror.)

Simón Renard (después de haber desaparecido el cortejo).—¿Qué significa eso? ¿Es ese Fabiani? Yo le creía más bajo. ¿Será que maese Eneas?... Paréceme que la Reina ha hablado con él un momento... Veamos lo que hay.

(Desaparece en la escalera en pos del cortejo.)

Joshua.—La campana grande anunciará muy pronto su salida de la Torre, y entonces será tal vez posible que escapéis; voy á buscar los medios; esperadme hasta que vuelva.

Juana.—¿Me dejáis sola, Joshua? ¡Dios mío, yo tengo miedo!