Claudio Frollo (aparte detrás de un pilar; lleva una ancha capa que oculta sus hábitos sacerdotales).—Los ayes de mi alma dolorida se pierden entre el tumulto de esta infame bacanal. ¡Cuánto sufro! Jamás lava tan ardiente como la que abrasa mi pecho ha circulado por la chimenea de un volcán.

(Entra Esmeralda bailando.)

Coro.—¡Aquí está! ¡Aquí está Esmeralda!

Claudio Frollo (aparte).—Es ella. ¡Sí! ¿Por qué cruel destino has hecho tan hermosa á esa criatura, á esa criatura tan desgraciada?

(Esmeralda llega hasta el centro del escenario. Los Truhanes forman corro en torno suyo y dan muestras de admiración mientras ella baila.)

Coro.—¡Baila, muchacha, baila!

La Esmeralda.—Soy la huérfana hija del dolor, que arroja flores en vuestro camino. Mi delirante alegría encubre muchos suspiros; os muestro mis sonrisas y oculto mis lágrimas. Bailo y canto como el pajarillo salta y trina á orillas de un arroyo. Soy palma herida que cae inerte á tierra. La noche de la tumba es el dosel de mi cuna.

Coro.—¡Baila, muchacha, baila! Tú suavizas nuestro áspero carácter. Considéranos como tu familia y juega con nosotros como la golondrina juguetea con las olas del mar. Esta es la pobre niña, hija de la desgracia. Cuando centellea su mirada, desaparece el dolor. Todos nos reímos para oir su canto. Desde lejos, parece, por lo graciosa, la abeja que se columpia en el cáliz de una flor.

¡Baila, muchacha! Tú suavizas nuestro carácter. Considéranos como tu familia y juega con nosotros.