Febo.—¡Por Dios! No me riñáis.

Flor de Lis.—Si veo que me vais olvidando...

Febo.—Os juro...

Flor de Lis.—Nada de jurar. Cuando se jura es porque se miente.

Febo.—¡Olvidaros! ¡Qué locura! ¿Acaso no sois vos la más hermosa de las mujeres y yo el hombre más amante de la belleza? (Aparte.) ¡Qué irritada está hoy mi novia! Sin duda sospecha algo. ¡Ah! nada hay más fastidioso que los celos. Las mujeres deberían saber que los amantes á quienes se hostiga, se largan con viento fresco. Es más fácil atraer al hombre con la risa que con las lágrimas.

Flor de Lis (aparte).—¡Hacer traición á su prometida! ¡Á mí, que no pienso más que en él! ¡Ay! ¡cuánto sufro con sus ausencias y cuánto padezco también al mirarle! Cuando le veo, menosprecia mi gozo; cuando no viene, desdeña mis lágrimas. (Á Febo.) Febo, ¿qué habéis hecho de la banda que os bordé? ¿Cómo no la lleváis?

Febo.—¿La banda?... No sé... (Aparte.) ¡Dios santo! ¡Qué compromiso!

Flor de Lis.—Sin duda la habréis olvidado. (Aparte.) ¿Quién será su dueña ahora? ¿Por quién me olvida?

Eloísa (dirigiéndose hacia ellos y en tono conciliador).—¡Vaya, vaya! Ante todo casaos; luego tendréis tiempo de reñir.

Febo (á Flor de Lis).—No he olvidado vuestra banda. Si no la traigo es porque la conservo doblada cuidadosamente en un cofrecillo esmaltado que mandé hacer expresamente. (Con pasión, á Flor de Lis, que todavía está irritada.) ¡Juro que os adoro más que si fuéseis la misma Venus!