Eloísa.—¡Qué criatura tan hermosa! ¡Mentira parece que una impura gitana reuna en sí tanto encanto y belleza tanta! Mas ¿quién es capaz de adivinar los caprichos de la suerte? Muchas veces una serpiente, para cazar á los pobres pajarillos, oculta su venenosa cabeza en el matorral que más cubierto se halla de flores.
Coro general.—Las hermosas noches del estío no la aventajan en serenidad ni en hermosura.
Eloísa (á Esmeralda).—Vamos, niña hechicera, ven y danos á conocer algún baile nuevo.
(Esmeralda se prepara á bailar y saca de su seno la banda que le había regalado Febo.)
Flor de Lis.—¡Mi banda!... ¡Ah! Febo, me engañabas. Esta es mi rival...
(Flor de Lis arranca la banda de manos de Esmeralda y se desmaya. Los convidados se dirigen en actitud amenazadora hacia la gitana que se refugia junto á Febo.)
Coro.—¿Conque es verdad que Febo la ama? ¡Infame! Sal de aquí. Parece mentira que te hayas atrevido á venir á desafiar nuestra cólera. Este es el colmo de la imprudencia. Vuelve á recorrer las calles para que la hez del pueblo se extasíe con tus bailes. Mujer de tan baja esfera que á tanta altura se atreve á mirar, merece ser arrojada de este sitio inmediatamente.
La Esmeralda.—Defiéndeme tú, Febo mío, defiéndeme. La pobre gitanilla no confía en nadie más que en ti.
Febo.—Pues bien, sí, la amo; sólo á ella adoro y me constituyo en su defensor. Lucharé por ella, á quien pertenecen mi brazo y mi corazón. Si necesita que se la proteja, yo la ampararé. Las injurias que se la dirijan las tendré por hechas á mí, y considero su honor como el mío propio.
Coro.—¡Cómo! ¡Es verdad que la ama!... ¡Fuera! ¡Fuera de aquí!... ¿Es posible que nos desafíe por una gitana?... ¡Vaya, callad ambos! El ardor que mostrais es incalificable. (Á Febo.) Vos dais pruebas de excesiva insolencia. (Á La Esmeralda.) Y tú de falta de pudor.