El vizconde de Gif.—Señoras, vais á ver á esa deidad callejera.

Flor de Lis (aparte).—¡Qué pronto ha obedecido á la señal de Febo!

ESCENA IV

Los mismos y LA ESMERALDA

(Entra la gitana tímida y confusa. Movimiento de admiración. Todo el mundo se aparta para dejarla paso.)

Coro.—¡Mirad! Su hermosa faz resplandece entre todas, como brillaría un lucero rodeado de antorchas.

Febo.—¡Oh! ¡es mi hermosa! Amigos, Esmeralda es la reina de este baile; la corona de la belleza ciñe su frente. (Volviéndose hacia los señores de Gif y de Chevreuse). Amigos, mi corazón quiere saltarse del pecho. ¡Hada encantadora! Si pudiera libar el cáliz de la flor de tus amores, desafiaría gustoso los peligros de la guerra y hasta la misma desgracia.

El señor de Chevreuse.—¡Es un rostro celestial! Parece uno de esos encantadores sueños que flotan en la oscuridad de la noche y llenan la sombra de claridad. Creeríase imposible que haya nacido en el abandono y se haya criado en la calle... ¿Quién habrá sido capaz de abandonar á la corriente de inmundo arroyo una flor tan hermosa?

La Esmeralda (con la vista fija en Febo).—Es mi Febo, estoy segura de ello, pues su imagen se ha conservado grabada en mi corazón. Ya vista de seda, ya se cubra con la armadura, es siempre el mismo, todo belleza y gracia. Febo, mi cabeza arde; me abrasa la alegría y el dolor. Así como la tierra necesita el benéfico rocío, mi alma necesita el consuelo de las lágrimas.

Flor de Lis.—¡Qué hermosa es! Ya estaba segura de ello. En verdad que debo estar muy celosa, si mis celos han de igualar á su belleza. Pero ¡quién sabe! Acaso estemos predestinadas ambas, por el implacable destino, á ver morir en flor todas nuestras ilusiones.