Claudio Frollo.—¡Es que te amo!
¡Sí, te amo! Será infame mi amor, pero raya en locura; es mi alma y mi sangre. Sí, mírame á tus pies; te juro que prefiero tu tumba al paraíso. ¡Compadécete de mí!... ¡Yo muero y tú me maldices!
La Esmeralda.—¡Me ama! ¡Qué horror! ¡Y estoy en poder de este demonio!
Claudio Frollo.—En mí ya no vive más que mi pasión y mi dolor.
¡Horrible desdicha! ¿Por qué extremas tu rigor? ¡Cuánto te amo! ¡Qué espantosa noche!
La Esmeralda.—¡Oh instante supremo! ¡Tiembla, corazón mío! Ese miserable me ama. ¡Qué noche de horrores!
Claudio Frollo (aparte).—La siento estremecerse entre mis brazos. ¡Al fin ha llegado mi hora! Yo, que la he sepultado en las tinieblas, la conduciré á la luz del sol; pero la muerte que de mí viene en pos no la dejará sino para entregarla al amor.
La Esmeralda.—¡Dejadme por piedad! Muerto Febo, también yo debo morir. Vuestro horrible amor me espanta, como al pájaro la mirada del buitre.
Claudio Frollo.—No me rechaces; te amo y te conjuro á seguirme. ¡Piedad para mí, y para ti misma! ¡Huyamos! La ocasión es propicia.
La Esmeralda.—¡Vuestra proposición es una injuria!