Claudio Frollo.—¡Cómo! ¡Tanto sufrís que así deseáis la muerte!

La Esmeralda.—Sí; sufro mucho.

Claudio Frollo.—Pues yo, que no moriré mañana, acaso sufro más que vos.

La Esmeralda.—¡Es posible! ¿Quién sois, pues?

Claudio Frollo.—Un hombre de quien os separa una tumba.

La Esmeralda.—¿Cuál es vuestro nombre?

Claudio Frollo.—¿Deseáis saberlo?

La Esmeralda.—Sí.

(Claudio Frollo se levanta la capucha.)

La Esmeralda.—¡El sacerdote! ¡Dios mío, él es! ¡Esa es su frente de hielo, esos sus ojos, que brillan como carbunclos; es el mismo, el que me persigue sin tregua noche y día, el que ha dado muerte á mi Febo, á mi amor! ¡Monstruo, yo te maldigo en esta hora suprema! Pero ¿qué te he hecho? ¿Cuál es tu propósito? ¿Qué quieres de mí, vil asesino? ¿Es que me aborreces tanto que tratas de atraerme hasta el borde de la tumba?