ESCENA II

El atrio de Nuestra Señora; se ve la fachada de la iglesia; óyese ruido de campanas

Cuasimodo.—Amo todo cuanto hay aquí, excepto á mí mismo: el aire que circula y refresca mi frente; la fiel golondrina que anida en los carcomidos aleros, las capillas con sus cruces; las rosas que florecen, todo, en fin, lo que sonríe, menos yo, porque soy contrahecho y feo, aunque no tengo envidia de otros. Acepto la vida tal como es, pues sé que las penas y alegrías, las noches oscuras ó el cielo azul, todo puede conducirme á Dios. Mi cuerpo es feo, pero tengo el alma hermosa; soy un buen acero guardado en tosca vaina.

¡Campanas grandes y pequeñas, tocad! Confundid vuestros penetrantes tañidos con vuestros sordos murmullos; cantad en las torrecillas y zumbad en las torres; que os oiga yo noche y día. Con vuestro auxilio las fiestas serán espléndidas; voltead rápidamente, agitando los aires, que al oiros la gente estúpida acudirá ansiosa, cruzando los puentes. ¡Tocad sin tregua día y noche, que sin ruido no hay fiesta completa! (Se vuelve hacia la fachada de la iglesia.) ¡Veo la capilla enlutada! ¡Ay! ¿será que van á traer aquí á algún desgraciado? ¡Cielos, qué horrible presentimiento!... ¡No, no quiero creerlo! (Entran Claudio Frollo y Clopin, sin ver á Cuasimodo.) Es mi amo... observemos. ¡Qué sombrío viene! (Se oculta en un ángulo oscuro del pórtico.)—¡Oh, Santa Virgen, tomad mi vida, pero salvad mi alma!

ESCENA III

CUASIMODO (oculto), CLAUDIO FROLLO, CLOPIN

Claudio Frollo.—¿Conque Febo está en Monforte?

Clopin.—Sí, señor, y vive.

Claudio Frollo.—¡Con tal que no venga por aquí!

Clopin.—¡Bah! no hay cuidado; está demasiado débil aún para emprender tan larga jornada; si viniese, su muerte sería segura, pues á cada paso que diera se le volvería á abrir la herida. Nada temáis por ahora.