Claudio Frollo.—¡Entonces muere! Ya iré á buscarte. (Volviéndose hacia la multitud.) ¡Pueblo, en este supremo instante entregamos esa mujer al brazo secular! ¡Permita el cielo que hasta su pobre alma llegue el soplo del Señor!

(En el momento en que los agentes de justicia ponen mano sobre la Esmeralda, Cuasimodo salta á la plaza, rechaza á los arqueros, coge á la joven en sus brazos y precipítase en la iglesia.)

Cuasimodo.—¡Asilo, asilo, asilo!

El pueblo.—¡Asilo, asilo, asilo! ¡Albricias, albricias! ¡Viva el buen compañero! La condenada es del Señor; derribemos el cadalso, que el Eterno la acogerá en su altar, librándola de la tumba. ¡Atrás, verdugos y arqueros! La ley no puede traspasar esa sagrada barrera. Todo cambia en la casa del Señor, donde los ángeles protegen á la condenada.

Claudio Frollo (imponiendo silencio con un ademán).—No creáis que está libre; es egipcia, y Nuestra Señora no puede salvar más que á una cristiana. Aunque el altar abrazasen, los paganos no podrían obtener gracia. (Á los agentes de justicia.) En nombre de Monseñor, obispo de París, os entrego á esa mujer impura.

Cuasimodo (á los arqueros).—¡Juro defenderla! ¡No os acerquéis!

Claudio Frollo (á los arqueros).—¡Vaciláis! Obedeced al punto; arrancad del santo lugar á esa gitana.

(Los arqueros se adelantan. Cuasimodo se coloca entre ellos y la Esmeralda.)

Cuasimodo.—¡Jamás!

(Se oye el galope de un caballo, y una voz que grita:)