Drama en 5 actos, con un prólogo del autor


Prólogo


Tres clases de espectadores componen lo que se ha convenido en llamar público: primera, las mujeres; segunda, los pensadores; y tercera, la multitud propiamente dicha. Lo que esta última pide casi exclusivamente en la obra dramática es la acción; lo que las mujeres quieren ante todo es la pasión; y lo que más en particular buscan los pensadores son los caracteres. Si se estudian atentamente esas tres clases de espectadores, he aquí lo que se observa: la muchedumbre se enamora de tal modo de la acción, que á ser necesario prescinde de los caracteres y de las pasiones[1]; las mujeres, á quienes interesa por otra parte la acción, quedan tan absortas por el desarrollo de las pasiones, que se preocupan poco de los caracteres; y en cuanto á los pensadores, tienen tal afición á ver caracteres, es decir hombres vivos en la escena, que acogiendo con gusto la pasión como incidente natural en la obra dramática, paréceles casi importuna la acción. En esto consiste que la multitud pida sobre todo en el teatro sensaciones; la mujer, emociones; el pensador, ideas: todos quieren un placer; estos, el de los ojos; aquellos, el del corazón; los otros el del espíritu. Á esto se debe que haya en nuestra escena tres clases de obras muy diferentes: una vulgar é inferior, y las otras dos ilustres y superiores; pero todas tres satisfacen una necesidad: el melodrama es para la multitud; para las mujeres, la tragedia, que analiza la pasión; y para los pensadores, la comedia, que pinta la humanidad.

[1] Es decir del estilo, pues si la acción puede expresarse en muchos casos por ella misma, las pasiones y los caracteres, con muy pocas excepciones, sólo se expresan por medio de la palabra; y la palabra fija y no vaga es en el teatro el estilo.

Que el personaje hable como debe hablar, sibi constet, dice Horacio. En esto consiste todo.

Digamos de paso que no pretendemos establecer aquí nada de riguroso, y rogaremos al lector que introduzca de por sí las restricciones que nuestro pensamiento pueda concebir. Las generalidades admiten siempre excepciones: sabemos muy bien que la multitud es una gran cosa, en la cual se encuentra todo, así el instinto de lo bello como el gusto á lo mediano, así el amor á lo ideal, como la afición á lo común; también sabemos que todo pensador completo ha de ser mujer en los puntos delicados del corazón; y no ignoramos que, gracias á esa ley misteriosa que une los sexos, así espiritual como físicamente, muy á menudo se halla en la mujer un pensador. Sentado esto, y después de rogar de nuevo al lector que no dé un sentido demasiado absoluto á las pocas palabras que nos resta decir, continuemos.