Es el pueblo, que tiene el porvenir por suyo, sin poseer el presente; es el pueblo huérfano, pobre, dotado de inteligencia y vigor, y que hallándose muy bajo aspira á elevarse á las alturas, llevando en la espalda el sello de la esclavitud y en el corazón las premeditaciones del genio; es el pueblo, lacayo de los grandes señores, y enamorado, en medio de su miseria y abyección, de la única figura que en esa sociedad carcomida representa á sus ojos, en divina radiación, la autoridad, la caridad y la fecundidad. El pueblo sería Ruy Blas.
Ahora bien, sobre esos tres hombres que, así considerados, harían vivir y andar á la vista de los espectadores tres hechos, y en ellos toda la monarquía española del siglo XVII; sobre esos tres hombres, repetimos, descuella una casta y hermosa joven, una mujer, una reina. Desgraciada como mujer, porque, aunque casada, es como si no tuviese esposo; infeliz como reina, porque para ella no existe el rey; inclinada á sus inferiores por piedad real y por instinto; y mirando abajo mientras que Ruy Blas, el pueblo, mira hacia arriba.
Á los ojos del autor, y sin perjuicio de lo que los personajes accesorios puedan prestar á la verdad del conjunto, esas cuatro cabezas, así agrupadas, resumirían los principales caracteres que presentaba á la vista del filósofo historiador la monarquía española hace ciento cuarenta años. Á estas cuatro figuras podría agregarse, al parecer, una quinta, la del rey Carlos II; pero así en la historia como en el drama, este soberano no es una figura, sino una sombra.
Apresurémonos ahora á decir que lo que se acaba de leer no es la explicación de Ruy Blas, y sí solamente uno de sus aspectos: es la impresión particular que podría dejar este drama, si valiese la pena estudiarle, en el espíritu grave y concienzudo que lo examinara, por ejemplo bajo el punto de vista de la filosofía de la historia.
Pero por poco que este drama valga, tiene, como todas las cosas de este mundo, otros varios aspectos, y se podría considerar de muy distintas maneras, porque nos es dado tomar diversos puntos de vista de una idea, lo mismo que de una montaña; esto depende del sitio donde el observador se coloca. Permítasenos, sólo para aclarar nuestra idea, una comparación por demás ambiciosa: el Mont Blanc, visto desde la Croix-de-Fléchères, no parece el mismo cuando se mira desde Sallenches; y no obstante, siempre es el Mont Blanc.
Del mismo modo, y pasando de una cosa muy grande á otra pequeña, este drama, cuyo sentido histórico acabamos de indicar, ofrecería un aspecto muy distinto si se le considerase bajo un punto de vista mucho más elevado aún, el punto puramente humano. Entonces, D. Salustio sería el egoísmo absoluto, la inquietud sin reposo; D. César, su contrario, el desinterés y la indiferencia; en Ruy Blas veríamos el genio y la pasión comprimidos por la sociedad, lanzándose á tanta más altura cuanto mayor es la compresión; y la reina, en fin, sería la virtud minada por el tedio.
Bajo el punto de vista exclusivamente literario, el aspecto de este pensamiento, titulado Ruy Blas, cambiaría de nuevo. Las tres formas soberanas del arte podrían parecer personificadas y resumidas: D. Salustio sería el drama, D. César la comedia, y Ruy Blas la tragedia: el drama anuda la acción, la comedia le complica, y la tragedia le corta.
Todos estos aspectos son verdaderos y exactos, pero ninguno de ellos completo; la verdad absoluta no está sino en el conjunto de la obra. Si cada cual encuentra lo que busca, el poeta habrá alcanzado su objeto, aunque sin lisonjearse. El asunto filosófico de Ruy Blas es el pueblo aspirando á las regiones elevadas; el asunto humano es un hombre que ama á una mujer; el asunto dramático es un lacayo que ama á una reina. La multitud que todas las noches acude á ver esta obra, porque en Francia la atención pública no deja nunca de fijarse en las tentativas del ingenio, cualesquiera que sean, la multitud, repetimos, no ve en Ruy Blas más que este último asunto dramático, el lacayo; y tiene razón.
Lo que acabamos de decir de Ruy Blas nos parece evidente en las demás obras. Las producciones respetables de los maestros tienen también la notable particularidad de presentar al estudio más fases que las otras. Tartufe hace reir á éstos y temblar á aquellos; Tartufe es la serpiente doméstica, ó el hipócrita, ó la hipocresía; tan pronto es un hombre como una idea. Otelo es para algunos un negro que ama á una blanca; para otros un intruso que se enlaza con una patricia; para éstos, un celoso; para aquellos, la personificación de los celos. Esta diversidad de aspectos no altera en nada la unidad fundamental de la obra, pues ya lo hemos dicho: hay mil ramas y un tronco único.
Si el autor de este libro ha insistido particularmente en la significación histórica de Ruy Blas, es porque á su modo de ver, sólo por el sentido histórico se relaciona esta producción con Hernani. El hecho culminante de la nobleza manifiéstase en este drama, como en Ruy Blas, junto al hecho culminante de la monarquía: sólo que en Hernani, como la monarquía absoluta no está fundada todavía, la nobleza lucha aún contra el rey, aquí con el orgullo, allá con el acero, medio feudal y medio rebelde. En 1519, el noble vive lejos de la corte, en la montaña, á manera de bandido, como Hernani, ó cual un patriarca, como Ruy Gómez. Doscientos años más tarde todo ha cambiado: los vasallos se han convertido en cortesanos; y si el noble comprende la necesidad de ocultar su nombre, á causa de sus aventuras, no es para escapar del rey, sino para sustraerse á sus acreedores; ya no se hace bandido; conviértese en gitano. Harto se comprende que la monarquía absoluta ha pasado durante largos años sobre esas nobles cabezas, encorvando unas y aniquilando otras.