La Duquesa.—Sí, señor conde.
Casilda (aparte).—¡Ha matado seis lobos! ¡Vaya un consuelo para la que está aburrida, triste y melancólica! ¡Ha matado seis lobos! ¡Buena noticia!
La Duquesa (á la Reina, mostrándole la carta).—Si Su Majestad quiere...
La Reina (rechazándola).—No.
Casilda (á la Duquesa).—¿Es eso todo?
La Duquesa.—Sin duda. ¿Qué más ha de decir? El rey caza, y en el camino escribe dando cuenta de lo que hace y del estado del tiempo. Me parece muy en razón. (Examinando de nuevo la carta.) No escribe... dicta.
La Reina (tomando la carta y examinándola á su vez).—En efecto, no es su letra; no ha hecho más que firmar. (Examina el escrito con más atención y parece admirada.) ¿Será ilusión? Es la misma letra que la de la otra. (Señala con la mano la carta que acaba de ocultar en su seno.) ¡Esto es extraño! (Á la Duquesa.) ¿Dónde está el portador del mensaje?
La Duquesa (mostrando á Ruy Blas).—Ahí está.
La Reina.—¿Es ese joven?
La Duquesa.—Sí, señora. La ha traído en persona. Es un nuevo escudero que Su Majestad ha designado para vuestro servicio, un hidalgo que el marqués de Santa Cruz me recomienda de parte del rey.