Lucrecia.—Me han ultrajado muy cruelmente, Gubetta.

Gubetta.—No estaba yo allí, señora.

Lucrecia.—No han tenido compasión.

Gubetta.—¿Os han dicho vuestro nombre, alto y claro?

Lucrecia.—No me han dicho mi nombre, Gubetta; me lo han escupido al rostro.

Gubetta.—¿En pleno baile?

Lucrecia.—Delante de Genaro.

Gubetta.—¡Vaya unos atolondrados! ¡Salir de Venecia para venirse á Ferrara! Verdad es que no les quedaba otro remedio habiendo sido designados por el Senado para formar parte de la embajada que llegó la otra semana.

Lucrecia.—¡Oh! Me aborrece y me desprecia ahora, y es por culpa suya. ¡Ah, Gubetta! ¡Me vengaré de ellos!

Gubetta.—En hora buena; esto es hablar. Habéis abandonado vuestras fantasías de misericordia; ¡alabado sea Dios! Estoy mucho más á mis anchas con Vuestra Alteza cuando es natural, como en este caso. Por lo menos, me reconozco mejor. Entended, señora, que un lago es lo contrario de una isla; una torre, lo contrario de un pozo; un acueducto, lo contrario de un puente, y yo tengo el honor de ser lo contrario de un personaje virtuoso.