Lucrecia.—Genaro está con ellos. Cuidado que le suceda nada.
Gubetta.—Si nos convirtiéramos, vos en buena mujer y yo en hombre de bien, sería cosa monstruosa.
Lucrecia.—Cuida de que no le suceda nada á Genaro, te digo.
Gubetta.—Estad tranquila.
Lucrecia.—¡Quisiera sin embargo verle todavía una vez más!
Gubetta.—¡Vive Dios, señora, Vuestra Alteza le ve todos los días! Habéis ganado á su criado para que determinase á su amo á alojarse ahí, en esa bicoca, frente á frente de vuestro balcón, y desde vuestra ventana enrejada tenéis todos los días el inefable goce de ver entrar y salir al susodicho gentil-hombre.
Lucrecia.—Digo que quisiera hablarle, Gubetta.
Gubetta.—Nada más sencillo. Enviadle á decir por vuestro porta-manto Astolfo, que Vuestra Alteza lo espera hoy á tal hora en palacio.
Lucrecia.—Lo haré, Gubetta; ¿pero querrá venir?
Gubetta.—Retiraos, señora, creo que va á pasar por aquí dentro un momento con los estorninos en cuestión.