Lucrecia.—¿Te toman siempre por el conde de Belverana?

Gubetta.—Me creen español desde los talones hasta las cejas. Soy uno de sus mejores amigos. Les pido dinero á préstamo.

Lucrecia.—¡Dinero! ¿Para qué?

Gubetta.—¡Pardiez! para tenerlo. Por otra parte, nada más provechoso que hacer de mendigo y tirarle de la cola al diablo.

Lucrecia (aparte).—¡Dios mío! ¡Haced que no le suceda nada á mi Genaro!

Gubetta.—Y á propósito, señora; se me ocurre una reflexión.

Lucrecia.—¿Cuál?

Gubetta.—Que es menester que la cola del diablo esté soldada, enclavijada y atornillada en la espalda con extraordinaria solidez para que resista á la innumerable multitud de gentes que tiran de ella perpetuamente.

Lucrecia.—Todo te mueve á risa, Gubetta.

Gubetta.—Es una manía como cualquier otra.