Lucrecia.—Creo que están aquí.—Piensa en todo.
(Entra en palacio por la puertecilla bajo el balcón.)
ESCENA II
GUBETTA, solo
¿Quién es ese Genaro? ¿Ó qué diablos quiere hacer ella con él? No sé todos los secretos de la dama ni con mucho, pero éste excita mi curiosidad. Á fe que no ha tenido confianza conmigo esta vez, y no creo vaya á imaginarse que le sirva en esta ocasión; saldrá de la intriga con ese Genaro como pueda. Pero ¡qué extraña manera de amar á un hombre cuando se es hija de Rodrigo Borgia y de la Vanozza, cuando se es una mujer que tiene en las venas sangre de cortesano y sangre de papa! ¡Lucrecia haciéndose platónica! ¡No me sorprendería ya, aun cuando me dijesen que el papa Alejandro Sexto cree en Dios! (Mira á la calle vecina.) Vamos, he aquí á nuestros jóvenes locos del carnaval de Venecia. ¡Bonita idea han tenido de abandonar una tierra neutral y libre para venir aquí después de haber ofendido mortalmente á la duquesa de Ferrara! En su lugar, hubiérame yo abstenido, ciertamente, de formar parte de la cabalgata de los embajadores venecianos. Pero los jóvenes son así. Las fauces del lobo son de todas las cosas sublunares aquella en que de mejor gana se precipitan.
(Entran los jóvenes señores sin ver al principio á Gubetta, que se ha colocado en observación bajo uno de los pilares que sostienen el balcón. Hablan en voz baja y con aire de inquietud.)
ESCENA III
GUBETTA.—GENARO, MAFFIO, JEPPO, ASCANIO, APÓSTOLO, OLOFERNO.
Maffio (en voz baja).—Diréis lo que os parezca, señores; pero podía uno dispensarse de venir á Ferrara cuando se ha herido en el corazón á Lucrecia Borgia.
Apóstolo.—¿Qué podíamos hacer? El Senado nos envía aquí. ¿Hay manera acaso de eludir las órdenes del serenísimo senado de Venecia? Una vez designados, menester era partir. No se me oculta, sin embargo, Maffio, que Lucrecia Borgia es una formidable enemiga. Aquí es la dueña.