Jeppo.—¿Qué quieres que nos haga, Apóstolo? ¿No estamos al servicio de la república de Venecia? ¿No formamos parte de la embajada? Tocar á un cabello de nuestra cabeza sería declarar la guerra al Dux, y Ferrara no se indispone así como así con Venecia.

Genaro (meditando en un rincón del teatro, sin mezclarse en la conversación).—¡Oh, madre! ¡madre mía! ¡Quién me dijera lo que podría hacer yo por mi buena madre!

Maffio.—Pueden extenderte en el sepulcro, Jeppo, sin tocar á un cabello de tu cabeza. Hay venenos que resuelven los asuntos de los Borgias sin aparato ni estruendo, mucho mejor que con el hacha y el puñal. Recuerdo cómo Alejandro Sexto ha hecho desaparecer del mundo al Sultán Zizimí, hermano de Bayaceto.

Oloferno.—Y á tantos otros.

Apóstolo.—En cuanto al hermano de Bayaceto, su historia es curiosa y no de las menos siniestras. El papa le persuadió que Carlos de Francia le había envenenado el día que hicieron colación juntos; Zizimí se lo creyó todo y recibió de las bellas manos de Lucrecia Borgia un titulado contra-veneno, que en dos horas despachó al hermano de Bayaceto.

Jeppo.—Parece que ese bravo turco no entendía nada la política.

Maffio.—Sí; los Borgias tienen venenos que matan en un día, ó en un año, á su antojo. Son venenos infames que vuelven mejor el vino y hacen vaciar el frasco con más placer. Os creéis ebrio y estáis muerto. Ó bien un hombre siente de pronto languidez, su piel se arruga, sus ojos se hunden, sus cabellos blanquean, los dientes se rompen como vidrio al contacto del pan; no anda ya, se arrastra; no respira, estertorea; no ríe, no duerme, tirita al sol en pleno mediodía; joven, tiene el aspecto de un anciano; agoniza así algún tiempo, y muere. Muere, y entonces recuerda que hace seis meses ó un año bebió un vaso de vino de Chipre en casa de un Borgia. (Volviéndose.) Ved, señores; he ahí justamente á Montefeltro, á quien conocíais quizás, que es de esta ciudad, y á quien le sucede actualmente lo que digo. Pasa por allí, en el fondo de la plaza. Miradle.

(Vese pasar en el fondo del teatro un hombre con el cabello blanco, flaco, vacilante, cojeando, apoyado en un bastón y embozado en una capa.)

Ascanio.—¡Pobre Montefeltro!

Apóstolo.—¿Qué edad tiene?