Maffio.—Mi edad: veintinueve años.
Oloferno.—Le he visto el año pasado, sonrosado y fresco como vos.
Maffio.—Hace tres meses cenó en casa de nuestro Santísimo Padre el Papa, en su viña de Belvedere.
Ascanio.—¡Esto es horrible!
Maffio.—¡Oh! Se cuentan cosas muy extrañas de esas cenas de los Borgias.
Ascanio.—Son bacanales desenfrenadas, sazonadas con envenenamientos.
Maffio.—Ved, señores, cuán desierta está la plaza á nuestro alrededor. El pueblo no se aventura tan cerca como nosotros del palacio ducal; tiene miedo de que los venenos que se elaboran en él día y noche no transpiren á través de las paredes.
Ascanio.—Señores, bien mirado, los embajadores han obtenido ayer su audiencia del duque. Nuestra misión está casi terminada. El séquito de la embajada se compone de cincuenta caballeros y nuestra desaparición no se notará en este número. Creo que obraríamos cuerdamente en abandonar á Ferrara.
Maffio.—¡Hoy mismo!
Jeppo.—Señores, mañana será tiempo. Estoy invitado á cenar esta noche en casa de la princesa Negroni, de la cual ando perdidamente enamorado, y no quisiera dar á entender que huyo ante la mujer más linda de Ferrara.