Ruy Blas (inclinándose).—Sí, señora.

La Reina.—¿Sigue bien el rey? (Ruy Blas se inclina.—Mostrando la carta real:) ¿Ha dictado esto para mí?

Ruy Blas.—Estaba á caballo cuando dictó la carta... (Vacila un momento.) á uno de los presentes.

La Reina (aparte, observando á Ruy Blas).—Su mirada me fascina. No me atrevo á preguntarle á quién. (En alta voz.) Está bien; podéis retiraros. ¡Ah! (Ruy Blas, que había dado algunos pasos para salir, vuelve hacia la Reina.) ¿Había allí muchos caballeros reunidos? (Aparte.) ¿Por qué me impresiona ese joven? (Ruy Blas se inclina; la Reina añade:) ¿Quiénes eran?

Ruy Blas.—No conozco sus nombres, pues sólo estuve allí breves instantes. Hace tres días que salí de Madrid.

La Reina (aparte).—¡Tres días!

(Mira con turbación á Ruy Blas.)

Ruy Blas (aparte).—¡Es la mujer de otro! ¡Oh suerte cruel! ¡Y de quién! En mi corazón se abre un abismo.

D. Guritán (acercándose á Ruy Blas).—Sois gentil-hombre de la Reina, y ya sabréis cuáles son vuestros deberes. Es preciso que esta noche permanezcáis en la cámara inmediata á fin de abrir al soberano si tuviese á bien visitar á la Reina.

Ruy Blas (estremeciéndose: aparte).—¡Abrir yo al rey!... (En voz alta.) El rey está ausente...