D. Guritán.—El rey puede venir de pronto.

Ruy Blas (aparte).—¡Cómo!

D. Guritán (aparte, observando á Ruy Blas).—¿Qué tiene?

La Reina (que lo ha oído todo, y cuya mirada está fija en Ruy Blas).—¡Cómo palidece!

(Ruy Blas vacila y se apoya en el respaldo de un sillón.)

Casilda (á la Reina).—¡Señora, ese joven está indispuesto!...

Ruy Blas (sosteniéndose con trabajo).—No, no es nada... el aire y el sol... la fatiga del camino... (Aparte.) ¡Abrir al rey!

(Cae desfallecido sobre un sillón; el ferreruelo se entreabre y deja ver la mano izquierda envuelta en un vendaje ensangrentado.)

Casilda.—¡Gran Dios, señora, tiene la mano herida!

La Reina.—¡Herida!