Casilda.—¡Y pierde el conocimiento! ¡Pronto, hagámosle respirar alguna esencia!

La Reina (buscando en su seno).—Un frasco tengo aquí con un licor... (En el mismo instante su mirada se fija en el encaje de las mangas de Ruy Blas.—Aparte.) ¡Es el mismo encaje!

(En el momento de sacar el frasco del seno, y en su turbación, coge al mismo tiempo el pedazo de encaje que allí oculta. Ruy Blas, que no separa de ella la vista, ve salir el objeto del seno de la Reina.)

Ruy Blas (fuera de sí).—¡Oh!

(Las miradas de la Reina y de Ruy Blas se encuentran: sigue una pausa.)

La Reina (aparte).—¡Él es!

Ruy Blas (aparte).—¡Sobre su corazón!...

La Reina (aparte).—¡Sí, es el mismo!

Ruy Blas (aparte).—¡Dios mío, permitid que muera en este instante!

(En el desorden de todas las damas, que se oprimen en derredor de Ruy Blas, nadie observa lo que pasa entre la Reina y él.)