El Conde.—Concededme sólo un día.
La Reina.—No puede ser; complacedme y marchad.
El Conde.—Pero...
La Reina.—¿Así apreciáis mi deferencia y cumplís vuestra palabra?
El Conde.—No resisto más; obedeceré, señora. (Aparte.) Si Dios se hizo hombre, el diablo se ha hecho mujer.
La Reina (mostrando la ventana).—Abajo os espera un coche.
El Conde (aparte).—¡Todo lo había previsto! (Escribe en un papel algunas palabras apresuradamente, toca una campanilla y preséntase un paje.) Paje, lleva esto al punto al señor don César de Bazán. (Aparte.) Será preciso aplazar el duelo hasta mi vuelta. (En voz alta.) Voy á servir al punto á Vuestra Majestad.
La Reina.—Muy bien. (El conde toma la caja, besa la mano de la Reina, saluda profundamente y sale. Un momento después óyese el ruido de un carruaje que se aleja.—La Reina cae en un sillón exclamando:) ¡No le matará!