El conde de Campo-real.—Tiene el Toisón de oro; es ya secretario universal, ministro, y además duque de Olmedo.

D. Manuel Arias.—¡En seis meses!

El conde de Campo-real.—Sin duda le protegen bajo cuerda.

D. Manuel Arias (misteriosamente).—¡La Reina!

El conde de Campo-real.—Á decir verdad, el rey, loco y enfermo, vive en la tumba de su primera mujer; abdica, encerrado en su Escorial, y la Reina lo hace todo.

D. Manuel Arias.—Amigo Campo-real, reina sobre nosotros, y don César la gobierna.

El conde de Campo-real.—Don César vive de un modo muy extraño; no ve nunca á la Reina, y parece huir de ella. Tal vez no lo creáis; pero como hace seis meses que los vigilo, y no sin razón, estoy seguro de ello. Además, el Conde tiene el raro capricho de habitar en una casa misteriosa, siempre cerrada, con dos lacayos negros, que si no fueran mudos podrían decirnos muchas cosas.

D. Manuel Arias.—¿Mudos?

El conde de Campo-real.—Sí señor; todos los demás criados habitan en el alojamiento que don César tiene en palacio.

D. Manuel Arias.—Es singular.