D. Antonio Ubilla (que se ha acercado momentos antes).—Por lo menos don César es de noble estirpe.
El conde de Campo-real.—Lo extraño es que la echa de honrado. (Á don Manuel Arias.) Es primo de don Salustio, aquel que desterraron el año pasado. Parece que era el hombre más loco que ha existido bajo la capa del cielo; cambiaba todos los días de dama y de carroza; para satisfacer sus caprichos despilfarraba cuanto tenía, y cuando dió fin con su caudal, desapareció un día sin que nadie supiera por dónde.
D. Manuel Arias.—La edad hace del loco un hombre cuerdo.
El conde de Campo-real.—Toda muchacha alegre se hace juiciosa cuando se marchita.
Ubilla.—Yo le creo hombre probo.
El conde de Campo-real (riendo).—¡Oh, cándido Ubilla, que se deja deslumbrar por las apariencias de probidad! (Con tono significativo.) La casa de la Reina cuesta seiscientos sesenta y cuatro mil sesenta y seis ducados al año; es un Pactolo oscuro, donde el pescador puede echar la red con seguridad de obtener buen botín. Á río revuelto... ya me entendéis.
El marqués de Priego (acercándose).—Mal que os pese, os diré que me parece una imprudencia hablar como lo hacéis. Mi abuelo, protegido del conde-duque de Olivares, solía decir: «Morded al rey y besad al valido.» Y ahora, señores, ocupémonos de los asuntos públicos.
(Todos se sientan alrededor de la mesa; los unos toman plumas; los otros revisan papeles; pero en rigor todos están ociosos. Momento de silencio.)
Montazgo (en voz baja á Ubilla).—Os he pedido sobre la caja la cantidad que se ha de pagar por el empleo de alcalde para mi sobrino.
Ubilla (en voz baja).—Y vos me habéis prometido nombrar baile antes de poco á mi primo Melchor...