Montazgo (interrumpiéndole).—Acabamos de dotar á vuestra hija; esto es acosarnos sin tregua.

Ubilla (en voz baja).—Se dará el empleo de alcalde.

Montazgo (en voz baja).—Tendréis el bailiaje.

(Se estrechan la mano.)

Covadonga (levantándose).—Señores consejeros de Castilla, á fin de que ninguno de nosotros se salga de su esfera, importa regular nuestros derechos y distribuir las partes. Las rentas del Erario están en cien manos, y esto es una calamidad pública, á la que es preciso poner término, pues mientras los unos no tienen lo bastante, otros poseen demasiado. La renta del tabaco es vuestra, Ubilla; el añil y el almizcle os pertenecen, marqués de Priego; Campo-real percibe el impuesto de los ocho mil hombres, el de la sal y otros muchos. (Á Montazgo.) Vos, que en mí fijáis miradas inquietas, tenéis para vos solo, gracias á vuestros manejos, el impuesto sobre el arsénico y los derechos sobre la nieve; los puertos, las cartas, el latón, las multas de los plebeyos á quienes se castiga, los diezmos, el plomo... Yo, señores, no tengo nada; dadme alguna cosa.

El conde de Campo-real (soltando la carcajada).—¡Miren el tunante! Tiene los beneficios más limpios, y aún se queja. Excepto las Indias, posee las islas de ambos mares; con una mano tiene cogida Mallorca y con la otra el Pico de Tenerife.

Covadonga (irritado).—¡Yo sí que no tengo nada!

El marqués de Priego (riendo).—¿Y los negros?

(Todos se levantan y hablan á la vez, disputando.)

Montazgo.—¡Más bien debería quejarme yo! Yo quiero los bosques.