Covadonga (al marqués de Priego).—Dadme el arsénico, y yo os cederé los negros.
(Hace algunos instantes que Ruy Blas ha entrado por la puerta del fondo y presencia la escena sin ser visto de ninguno de los interlocutores. Viste de terciopelo negro, con ferreruelo escarlata; una pluma blanca adorna su sombrero, y ostenta el Toisón de oro. Escucha primeramente silencioso, y después adelántase con lento paso, hasta colocarse en medio de los contendientes.)
ESCENA II
Los mismos, RUY BLAS
Ruy Blas.—¡Parece que hay buen apetito, señores! (Todos se vuelven: silencio de sorpresa é inquietud. Ruy Blas se cubre, cruza los brazos y sigue mirando frente á frente á todos.) ¡Oh fieles ministros y virtuosos consejeros! ¡He aquí cómo saqueáis la casa, sin vergüenza, eligiendo precisamente la triste hora en que el país gime y agoniza! Aquí no tenéis más interés que llenar vuestra bolsa para huir luego; y ante España que se arruina sólo sois dignos de baldón, viles sepultureros que tratáis de robarla hasta en su tumba. Pero al menos, señores, tened algún decoro, al ver que España se hunde con todas sus virtudes y grandeza. Desde Felipe IV hemos perdido el Portugal y el Brasil sin lucha; en Alsacia, Brisach; en el Luxemburgo Steinfort, y todo el condado; el Rosellón, Ormuz, Goa; cinco mil leguas de costas, Pernambuco y las Montañas Azules. Desde Poniente á Oriente, Europa que os odia, nos mira sonriendo, como si nuestro rey fuese sólo un vano fantasma. Holanda y los ingleses se comparten este reino; Roma os engaña; apenas se puede arriesgar un ejército en el Piamonte, aunque es país amigo; la Saboya y su Duque, sólo nos ofrecen peligro; Francia espera una ocasión propicia para caer sobre nosotros; el Austria os acecha también; y el infante bávaro se muere. En cuanto á vuestros vireyes, Medina, loco de amor, llena de escándalos á Nápoles; Vaudémont vende Milán, y Leganés pierde á Flandes. ¿Y quién remedia todo esto?... El erario está pobre; el país agotado de dinero y de gente; hemos perdido en el mar trescientos barcos, sin contar las galeras; y aún osáis... Señores, en el espacio de veinte años, el pueblo, agobiado bajo la enorme carga que le oprime, ha dado, para vuestros placeres y vuestras queridas, cuatrocientos millones en oro; y esto no basta, y aún queréis, señores... ¡Ah! ¡por vosotros me avergüenzo!... En el interior, cuadrillas de ladrones y aventureros que baten el país é incendian las cosechas, y en cada matorral un arcabuz. Como si no bastara la lucha entre los príncipes, tenemos la guerra intestina, en las provincias y hasta en los conventos; todos quieren apropiarse del bien de su vecino como lobos voraces; y en nuestras ruinosas iglesias crece la yerba. En cuanto á los nobles, únicamente por sus abuelos podemos saber que son tales, no por sus obras; sólo impera la intriga, y ya no existe la lealtad. España es una cloaca que recibe las impurezas de todas las naciones... Los grandes tienen á su servicio espadachines asalariados de todos los países, genoveses, sardos, flamencos; y así tenemos á Madrid convertido en una Babel. El alguacil, duro con el pobre, inclínase ante el rico; por la noche se roba y se asesina en las calles; medio Madrid saquea á la otra mitad; la justicia se vende; y no se paga á los soldados. Antes señores del mundo, ¿qué ejército nos queda ahora? Apenas seis mil hombres descalzos y sin pan. Mendigos y montañeses, armados de puñales, siguen á los regimientos cuando cierra la noche, y llega un momento en que el soldado, olvidando sus deberes, se convierte en ladrón. Matalobos tiene más gente que un señor feudal, y osa declarar la guerra al rey de España, cuyo coche insultan los labriegos cuando le ven pasar. El monarca, entre tanto, presa de su amargura y poseído de temor, se inclina ante los sepulcros del sombrío Escorial, doblando la cabeza ante el imperio que se derrumba. ¡Europa nos desprecia, y este pobre país, en otro tiempo púrpura, está convertido en un andrajo! ¡Sí, España está arruinada, y aún os disputáis sus restos! Este gran pueblo español, enervadas sus fuerzas, y sobre el cual vivís, perece en vuestras manos, cual león devorado por parásitos. ¿Qué haces en la tumba, Carlos V, en estos tiempos de oprobio y de terror? ¡Levántate, ven y verás cómo los buenos dejan su lugar á los malos; verás cómo tu imperio, formado por cien reinos, se hunde en el abismo! ¡Danos tu fuerte brazo, préstanos auxilio, porque la España se extingue! El globo que en tu diestra brillaba, sol deslumbrador que hizo creer al mundo que su luz no se extinguiría nunca, es ahora un astro muerto, triste y menguante luna que sin cesar decrece, y que apagará tal vez la aurora de otro pueblo. Los mercaderes se apoderan de tus despojos para convertirlos en moneda, y tus esplendores se han desvanecido. ¡Oh rey gigante! ¿es posible que duermas mientras venden tu cetro al peso, y cuando manos codiciosas recortan sin vergüenza tu manto de púrpura para vestirse con él? ¡Aquella águila imperial que tu poder cernía sobre el mundo, ahora, ave sin plumas, se consume en vil caldera!
(Los consejeros, consternados, guardan silencio; sólo el marqués de Priego y el conde de Campo-real levantan la cabeza y miran á Ruy Blas con altivez y enojo. Campo-real, que había hablado al oído á Priego, acércase á la mesa, escribe en un papel algunas palabras y los dos firman.)
El conde de Campo-real (señalando al marqués de Priego y entregando el papel á Ruy Blas).—Señor duque, en nombre de los dos, he aquí la dimisión de nuestro cargo.
Ruy Blas (tomando el papel fríamente).—Gracias, señores; iréis á reuniros con vuestras familias. (Á Priego.) Vos, á Andalucía. (Á Campo-real.) Y vos, conde, á Castilla: cada cual á sus posesiones. Marcharéis mañana. (Los dos señores se inclinan y salen con la cabeza cubierta y el ademán altivo. Ruy Blas se vuelve hacia los demás consejeros.) Si alguno de vosotros no quiere ir por mi camino, puede seguir á esos señores.
(Silencio entre los presentes. Ruy Blas se sienta á la mesa en un sillón colocado junto al sitial de la Reina, y ocúpase en abrir la correspondencia. Mientras recorre las cartas una tras otra, Covadonga, Arias y Ubilla hablan en voz baja.)
Ubilla (á Covadonga, mostrando á Ruy Blas).—Amigo mío, tenemos amo. ¡Ese hombre será grande!