D. Manuel Arias.—Sí, pero falta que le dén tiempo para ello.
Covadonga.—Y si no se pierde del todo por empeñarse en ver las cosas demasiado de cerca.
Ubilla.—¡Será un Richelieu!
D. Manuel Arias.—¡Ó un Olivares!
Ruy Blas (Después de leer rápidamente una carta que acaba de abrir).—¡Un complot! ¿Qué es esto? ¿No os lo decía yo, señores? (Leyendo.) «...Duque de Olmedo, velad; en Madrid están preparando una trama para apoderarse de cierto personaje». (Examinando la carta.) No nombran la persona; pero yo velaré... El escrito es anónimo. (Entra un hujier que se aproxima á Ruy Blas, haciendo una reverencia.) ¿Qué ocurre?
El hujier.—El embajador de Francia desea ver á vuecencia.
Ruy Blas.—¡Ah! ¡Harcourt! No me es posible recibirle ahora.
El hujier (inclinándose).—El Nuncio de Su Santidad espera en la antecámara á vuecencia.
Ruy Blas.—Á esta hora no puedo verle. (El hujier se inclina y sale. Hace pocos momentos ha entrado un paje, que viste ropilla roja con galones de plata. Se acerca á Ruy Blas, y éste, que acaba de verle, dice:) Paje, no estoy visible para nadie absolutamente.
El paje (en voz baja).—El conde Guritán acaba de llegar de Neuburgo...