Ruy Blas (con ademán de sorpresa).—¡Ah! pues dile que vaya á verme mañana á mi casa, si lo tiene á bien; y tú enséñale dónde es. (Sale el paje. Á los consejeros.) Tendremos que trabajar luego; volved de aquí á dos horas, señores.
(Todos salen, saludando profundamente á Ruy Blas.)
(Ruy Blas, solo, da algunos pasos, sumido en profunda meditación. De repente se entreabre la tapicería en el ángulo del salón y la Reina aparece. Viste de blanco, lleva la corona, y radiante de alegría al parecer, fija en Ruy Blas una mirada de admiración y respeto. Á su espalda se ve una especie de gabinete oscuro, en el cual se distingue una puertecilla. Al volver la cabeza, Ruy Blas ve á la Reina y queda como petrificado ante aquella aparición.)
ESCENA III
RUY BLAS, LA REINA
La Reina (en el fondo).—¡Oh! ¡gracias!
Ruy Blas.—¡Cielos!
La Reina.—Bien habéis hecho en hablarles así, y no puedo reprimir el deseo de estrechar la mano de un hombre tan firme y leal.
(Se dirige hacia él, le coge la mano y estréchala antes que pueda impedirlo.)
Ruy Blas (aparte).—¡Evitar su presencia hace seis meses, y verla de improviso! (En voz alta.) ¿Estabais ahí, señora?