La Reina.—Sí, duque, lo escuchaba todo... y con mucho interés.
Ruy Blas (mostrando el gabinete).—No sospechaba... la existencia de ese gabinete, señora...
La Reina.—Nadie le conoce. Es un gabinetito oscuro que Felipe III mandó abrir en esa pared. Desde ahí, el monarca, invisible, oía todo cuanto en el consejo se trataba; y también he visto con frecuencia á Carlos II, triste y cabizbajo, asistiendo al consejo en que se le despojaba de sus bienes y se vendía el Estado.
Ruy Blas.—¿Y qué decía?
La Reina.—Nada.
Ruy Blas.—¿Nada? ¿Y qué hacía?
La Reina.—Iba á cazar. ¡Pero vos!... aún me parece oir vuestro acento amenazador. ¡Con qué brío y energía los habéis tratado, y con cuánta razón! Levantando un poco el tapiz podía veros bien. Vuestras miradas, sin cólera, pero severas, humillaban á todos al decirles tan tristes verdades; y entre los consejeros cabizbajos sólo vuestra figura descollaba. Pero ¿dónde habéis aprendido todas esas cosas? ¿Cómo es que conocéis los efectos y las causas? Veo que nada ignoráis. Vuestra voz hablaba cual debería hablar la de los reyes; y me parecíais majestuoso y severo como un Dios. ¿Por qué es así?
Ruy Blas.—¡Porque os amo! Porque conozco que esos hombres me odian, y que al labrar mi ruina labrarán la vuestra; porque mi abnegación, señora, es tan profunda, que por salvaros, salvaría al mundo. Soy un infeliz que por vos delira de amor, y en vos piensa, señora, como el ciego en el día. Escuchadme: en mis sueños sin fin os amo desde lejos, desde abajo, desde el fondo de la sombra: y no osaría alzar la vista hasta vos, porque vuestra mirada me deslumbra. ¡Si supiérais, señora, cuánto he sufrido durante los seis meses en que siempre evité vuestra presencia!... No me ocupo de esos hombres, porque sólo vivo con mi amor. ¡Oh, Dios mío! ¡Y aún me atrevo á decir esto frente á frente á Vuestra Majestad! No sé lo que hago... Perdonadme... tengo miedo en el corazón;... pero moriría por vos...
La Reina.—¡Oh! prosigue, tus palabras me encantan; jamás me han dicho esas cosas, y te escucho con inefable placer; necesito verte y oirte. ¡Si supieras cuánto he sufrido también en los seis meses en que con tanto afán has evitado mi presencia!... Pero no, no debo decirte esto tan pronto... ¡Soy muy desgraciada! ¡Oh! ¡debo callar; tengo miedo!
Ruy Blas (que la escucha con pasión).—¡Oh! ¡señora, concluíd, porque vuestras palabras me llenan el corazón!