La Reina.—¡Pues bien, escucha! (Alzando los ojos al cielo.) Sí, voy á decírtelo todo. ¡No sé si cometo un crimen; pero si lo es, tanto peor! Cuando el corazón se abre, forzoso es dejar ver cuanto en él se oculta. ¿Tú huías de la reina? ¡Pues bien, la reina te buscaba! Todos los días estaba allí, en aquel gabinete, escuchándote, recogiendo la menor palabra que decías, admirando tu espíritu, que quiere, juzga y resuelve, y seducida por tu voz y tu ardimiento. Tú me pareces el verdadero rey, el verdadero señor. Yo soy la que hace seis meses, debiste sospecharlo, te eleva paso á paso hasta la cumbre del poder. Dios debió haberte colocado donde una mujer te ha puesto. Tú velas solícito por mí, y yo te admiro; en otro tiempo me diste una flor, y ahora un imperio; primero has sido bueno, y después grande. Esto es lo que apasiona á una mujer. ¡Dios mío! si obro mal ¿por qué en esta tumba me encierras, como se aprisiona la paloma en una jaula, sin esperanza, sin amor y sin ilusiones? Otro día, cuando tengamos tiempo, te contaré todo cuanto he sufrido, siempre sola y olvidada. Á cada instante siento mi orgullo humillado; juzga tú mismo: ayer, sin ir más lejos... mi cámara me disgusta; ya sabes que unas son más tristes que otras, y quise abandonar la que ocupo; pero no me lo permitieron. Ya ves hasta qué punto soy esclava y arrastro mis cadenas. ¡Duque, preciso es que el cielo te haya enviado aquí para salvar al Estado, para apartar del borde del abismo á ese pobre pueblo que sin cesar trabaja, y para amarme á mí, que tanto sufro en silencio!

Ruy Blas (cayendo de rodillas).—Señora...

La Reina (gravemente).—Don César, mi alma os entrego; reina para todos, sólo seré para vos una mujer; por el amor y por el corazón os pertenezco, duque; tengo bastante fe en vuestro honor para confiar en que respetaréis el mío, y cuando me llaméis estaré á vuestro lado. ¡Oh, César! tú eres un espíritu sublime, porque el genio es tu corona. (Da un beso á Ruy Blas en la frente.) ¡Adiós!

(Levanta la tapicería y desaparece.)

ESCENA IV

RUY BLAS, solo, y como absorto en un éxtasis

¡Ante mis ojos veo abrirse el cielo esplendoroso, y en la carrera de mi vida esta es la hora primera! Todo un mundo de luz, semejante á esos paraísos que entre sueños nos parece ver á veces, me inunda con sus brillantes rayos. Por doquiera alegría, éxtasis y misterio, embriaguez y orgullo, y sobre todo el amor, que es lo que en la tierra se acerca más á la divinidad. ¡La Reina me ama! ¡Oh Dios mío! ¿es verdad que á mí mismo es á quien ama? Entonces soy más que el rey, y esto solo me deslumbra. ¡Feliz, amado, duque de Olmedo!... ¡La España á mis pies; y en mis manos el corazón de ese ángel á quien de rodillas contemplo! Sus palabras me transfiguran y hacen de mí más que un hombre. Sí, mis sueños dorados se realizan; y estas no son ilusiones de mi loca fantasía. ¡Sí, sí, me ha hablado; era ella; llevaba una diadema de encaje de plata, y no dejé de mirarla mientras me habló! Paréceme estar viéndola aún con su aspecto noble y majestuoso. Dice que confía en mí... ¡Pobre ángel! ¡Oh! Si es cierto que Dios, por un extraño prodigio, nos dió el amor para que fuéramos más grandes y benignos, yo, que no temo cosa alguna mientras que ella me ame; yo, poderoso ya por su elección suprema; yo, á quien los reyes envidiarían, juro ante Dios, sin temor y con voz segura, que podéis confiar en mí, señora, en mi brazo como reina, en mi corazón como mujer. ¡La abnegación se oculta en el fondo de mi alma confundida con mi amor puro y leal! ¡Nada temáis, reina mía!

(Desde hace algunos momentos un hombre ha entrado por la puerta del fondo, embozado en una ancha capa, y cubierta la cabeza con un sombrero galoneado de plata. Avanza lentamente hacia Ruy Blas sin ser visto, y en el momento en que éste, ebrio de dicha, levanta los ojos al cielo, le pone bruscamente la mano en el hombro. Ruy Blas se vuelve con viveza: el hombre deja caer el embozo: es D. Salustio, vestido de librea color de fuego, con galones de plata, semejante á la del paje de Ruy Blas.)

ESCENA V

RUY BLAS, D. SALUSTIO