D. Salustio.—Buenos días.

Ruy Blas (aterrado, aparte).—¡Gran Dios, estoy perdido! ¡El marqués!

D. Salustio (sonriendo).—Apostaría á que no pensabais en mí.

Ruy Blas.—En efecto, vuestra presencia me sorprende. (Aparte.) ¡Oh! ya renace mi desgracia; yo miraba el ángel, mientras que el demonio venía.

(Corre hacia el tapiz que oculta el gabinete secreto, cierra la puertecilla con cerrojo, y vuelve temblando hacia don Salustio.)

D. Salustio.—Y bien, ¿cómo va por aquí?

Ruy Blas (con la mirada fija en D. Salustio impasible, apenas puede coordinar sus ideas).—¡Esa librea!...

D. Salustio (sonriendo siempre).—Érame preciso entrar en palacio, y como con esta librea se puede llegar á todas partes, he tomado la vuestra, que no deja de agradarme. (Se cubre; Ruy Blas permanece descubierto.)

Ruy Blas.—Es que yo temo por vos.

D. Salustio.—¡Temor risible!