Ruy Blas.—¡Estáis desterrado!

D. Salustio.—¿Lo creéis así? Es posible.

Ruy Blas.—Si os reconociesen en el palacio en pleno día...

D. Salustio.—¡Bah! los cortesanos felices que viven descuidados no irán á perder el tiempo en examinar el rostro de un caído para recordar quién es; y además, ¿quién repara en un lacayo? (Se sienta en un sillón; Ruy Blas permanece en pie.) ¿Y qué se cuenta en Madrid, amigo mío? ¿Es cierto que, poseído de un celo hiperbólico en favor del tesoro público, desterráis á ese buen Priego, uno de nuestros nobles? ¿Habéis olvidado que sois parientes? Su madre es Sandoval, como la vuestra ¡qué diablo! y en su escudo lleva oro en campo de gules. Mirad vuestros blasones, don César; esto es muy claro; entre parientes no se hacen tales cosas. ¿Pensáis que los lobos se hacen daño entre sí, fingiéndose corderos? Abrid los ojos para vos mismo, pero cerradlos para los demás. Cada cual para sí.

Ruy Blas (tranquilizándose un poco).—Sin embargo, señor, permitidme observar que el marqués de Priego, como noble, gravaba los ingresos del tesoro, precisamente cuando será necesario poner un ejército en campaña. No tenemos dinero, y se necesita. El heredero bávaro se muere, según me decía ayer el conde de Harrach, embajador de Austria, á quien debéis conocer. Si el archiduque quiere sostener su derecho, la guerra estallará...

D. Salustio.—El aire me parece un poco frío; hacedme el favor de cerrar la ventana.

(Ruy Blas, pálido de vergüenza y desesperación, vacila un instante; después hace un esfuerzo y se dirige lentamente á la ventana, ciérrala y vuelve hacia D. Salustio, que sentado en el sillón, le mira con expresión de indiferencia.)

Ruy Blas (continúa, tratando de convencer á D. Salustio).—Dignaos reflexionar hasta qué punto es inoportuna la guerra, no teniendo dinero. La salvación de España depende de nuestra probidad más que de otra cosa; y yo, como si nuestro ejército estuviese ya preparado, he mandado decir al emperador que le haré frente...

D. Salustio (interrumpiendo á Ruy Blas, y mostrándole un pañuelo, que ha dejado caer al entrar).—Tened la bondad de recogerme el pañuelo. (Ruy Blas, apurada la paciencia, vacila otra vez, pero al fin recoge el pañuelo y preséntale á D. Salustio, quien añade, guardándole en el bolsillo:) ¿Decíais?...

Ruy Blas (haciendo un esfuerzo).—La salvación de España y el interés público exigen un sacrificio. Toda nación bendice á quien la salva, y para ello debemos atrevernos á ser grandes, á despejar las sombras de la intriga y á desenmascarar á los bribones.