D. Salustio (con indolencia).—En efecto, esa es mala compañía; mas no creo que se deba hacer tanto ruido por un pobre millón que han devorado, ni tampoco es cosa de poner el grito en el cielo. Amigo mío, nuestros grandes señores no son ganapanes como los vuestros, y gústales vivir holgadamente. Os digo con franqueza que eso de hacer el Quijote para corregir abusos, siempre henchido de orgullo y rojo de cólera, me parece una ridiculez; pero ¡bah! os habéis empeñado en ser popular y en que os adoren los plebeyos; queréis ser famoso en tiendas y plazuelas. ¡Qué rareza! Tened otros caprichos menos vanos. ¡El interés público! Pensad antes en el vuestro; y en cuanto á la salvación de España, esta es una frase hueca que otros harán resonar mejor que vos. ¿La popularidad? es pobre gloria; y eso de convertiros en dogo que ladra siempre alrededor de las gabelas, paréceme triste oficio. ¡La virtud, la fe, la probidad, palabras vanas! Todo esto estaba gastado ya en tiempos de Carlos V. Duéleme que parezcáis un necio, siendo hombre inteligente. Romped á puntapiés vuestro globo ridículo é hinchado, para que salga el viento de tantas necedades.
Ruy Blas.—Sin embargo, señor...
D. Salustio (con helada sonrisa).—¡Qué raro sois! Ocupémonos ahora en cosas más serias. (Con tono breve é imperioso.) Me esperaréis mañana todo el día en vuestra casa, es decir, en la que yo os he dado, pues ya se acerca el desenlace de mis planes. Quedaos tan sólo con los mudos para vuestro servicio, y tened en el jardín oculta una carroza preparada para emprender un viaje. Yo me cuidaré del cambio de mulas. Hacedlo todo tal como os digo; y si necesitáis dinero os lo enviaré.
Ruy Blas.—Señor, obedeceré; consiento en todo; pero juradme antes que en este asunto nada tendrá que ver la Reina.
D. Salustio (que juega con un cuchillo de marfil sobre la mesa, se vuelve á medias).—¿Y qué os importa?
Ruy Blas (vacilando y mirándole con espanto).—¡Oh! ¡sois un hombre temible! Mis rodillas tiemblan... Me arrastráis á un abismo insondable, y sospecho que proyectáis planes monstruosos. Entreveo algo espantoso... Compadeceos de mí. Es preciso que os lo diga todo para que podáis juzgar, pues no lo sabíais. ¡Yo amo á esa mujer!
D. Salustio (fríamente).—Ya lo sabía.
Ruy Blas.—¡Lo sabíais!
D. Salustio.—¡Pardiez! ¿Qué importa esto?
Ruy Blas (apoyándose en la pared para no caer, y como hablando consigo mismo).—¡Soy pues juguete de ese cobarde, que así me atormenta! ¡Oh! ¡qué horrible aventura! (Levantando la vista al cielo.) ¡Perdonadme, señor, Dios poderoso!