D. Salustio.—¡Pardiez, veo que de veras estáis soñando y que tomáis por lo serio vuestro papel! Esto es ridículo. Mis proyectos tienen un fin determinado que yo solo debo conocer; y el objeto es haceros más feliz de lo que podéis pensar. Obedeced, callad y no tengáis cuidado, que vuestra recompensa será la fortuna. Los pesares de amor valen bien poco, y todos sabemos que son muy pasajeros. Habéis de saber que se trata del destino de un imperio, y comparado con esto nada significan vuestros asuntos. Quiero deciros todo; pero tened el buen sentido de manteneros en vuestra esfera. Yo soy muy bueno y benigno; pero ¡qué diantre! un lacayo no es al fin más que humilde vaso donde puedo verter mis fantasías. El amo puede hacer de vosotros lo que le plazca, disfrazaros y descubriros á su antojo. Yo os hice gran señor por un momento dejándoos después libre; pero no olvidéis, que sois mi lacayo. Cortejáis á la reina, como también podríais colocaros detrás de mi carroza. Sed razonable, amigo mío.
Ruy Blas (que ha escuchado aturdido, y como no pudiendo dar crédito á lo que oye).—¡Oh Dios mío, Dios clemente, Dios justo! ¿De qué crimen será este el castigo? ¿Qué he podido hacer yo? ¡Señor! tú que eres el padre de todos ¿quieres verme morir desesperado? De mi parte no hay falta, y no debo ser víctima. Señor marqués, me habéis lanzado en un abismo, y es una crueldad martirizar un pobre corazón, lleno de amor y de fe, para llevar á cabo una venganza. (Hablando consigo mismo.) ¡Oh! sí, es una venganza, no hay duda alguna, y bien adivino que es contra la Reina. ¿Qué hacer? ¿Iré á decirle todo? ¡Cielos, ser un objeto de disgusto y de horror para ella, ser un bribón, un pillo de dos caras, á quien se expulsa á palos! ¡Jamás! ¡Me vuelvo loco! (Pausa.) ¡Dios mío! he aquí cómo se hacen las cosas. En la sombra se construye una máquina terrible, armada de rodajes sin número; después se arroja en ella, como para probarla, una cosa, un lacayo; y por debajo de las ruedas, puestas ya en movimiento, se ve salir una masa de carne palpitante, una cabeza rota, un corazón ensangrentado. ¡Y nadie se espanta entonces al reconocer que aquel lacayo era un hombre! (Volviéndose hacia D. Salustio.) Pero aún es tiempo, señor, pues todavía no está la horrible rueda en movimiento. (Se arroja á sus pies.) ¡Compadeceos de mí, apiadaos de ella! Ya sabéis que soy un servidor fiel, y con frecuencia lo habéis dicho; ya veis que me someto. ¡Gracia!
D. Salustio.—Este hombre no comprenderá jamás, y á fe que me impaciento.
Ruy Blas (arrastrándose á sus pies).—¡Gracia!
D. Salustio.—¡Abreviemos! (Se vuelve hacia la ventana.) Habéis cerrado mal esa ventana, y por ahí entra el frío.
(La cierra.)
Ruy Blas (levantándose).—¡Oh! ¡esto es ya demasiado! Ahora soy duque de Olmedo, ministro poderoso, y levanto la frente bajo el pie que me pisa.
D. Salustio.—¿Cómo decís eso? Repetid la frase: ¡Ruy Blas, duque de Olmedo! ¿No veis que sólo un Bazán puede ser Olmedo?
Ruy Blas.—¡Ordenaré que os prendan!
D. Salustio.—Diré quién sois.