Ruy Blas (exasperado).—Pero...

D. Salustio.—Acusadme; vuestra cabeza arriesgo con la mía. Todo está previsto. No toméis tan pronto ese aire triunfante.

Ruy Blas.—¡Lo negaré todo!

D. Salustio.—¡Vamos, sois un niño!

Ruy Blas.—¡No tenéis pruebas!

D. Salustio.—Ni vos memoria. Yo hago siempre lo que digo, y os demostraré que no sois más que el guante, y yo la mano. (Acercándose á Ruy Blas.) Si no obedeces, si no estás mañana en tu casa para preparar lo que necesito, si dices una sola palabra de lo que ocurre, si tus miradas ó tu ademán infunden la menor sospecha, aquella por quien temes quedará públicamente difamada y perdida; y después recibirá, bajo sobre, un papel que conservo en sitio seguro, escrito, ya recordarás por qué mano, y firmado por quien sabes. Ese papel dice lo siguiente: «Yo, Ruy Blas, lacayo de Su Excelencia el marqués de Finlas, me obligo á servirle, como buen criado, en toda ocasión pública ó secreta.»

Ruy Blas (con voz desfallecida).—Basta, señor; haré lo que os plazca.

(Se abre la puerta del fondo y entran los consejeros. Don Salustio se emboza rápidamente en su capa.)

D. Salustio (en voz baja).—Alguien viene. (Saluda profundamente á Ruy Blas.) Señor duque, soy vuestro criado.

(Vase.)