ACTO IV
D. CÉSAR
Gabinete lujoso, de aspecto sombrío. Ornamentación y muebles usados y de antigua forma. Las paredes están cubiertas de tapices de terciopelo carmesí, desgastados por la acción del tiempo y formando cuadros cortados por franjas de oro que los separan en tiras verticales. En el fondo una puerta de dos hojas. Á la izquierda, en un bastidor, gran chimenea del tiempo de Felipe II con escudo de hierro forjado en el interior. De la parte opuesta, en otro bastidor, una puerta pequeña que da á una habitación oscura. Á la izquierda una sola ventana con barrotes, como los de una prisión. En las paredes algunos retratos antiguos y medio borrados. Un guardarropa con espejo de Venecia. Grandes butacas del tiempo de Felipe III. Un lujoso armario colocado junto á la pared. Una mesa cuadrada con recado de escribir. Un pequeño velador con pies dorados en un rincón. Es de día. Al levantarse el telón, Ruy Blas, vestido de negro, sin capa, sin el toisón y vivamente agitado, recorre á largos pasos la habitación. En el fondo, un paje permanece inmóvil, esperando sus órdenes.
ESCENA I
RUY BLAS, EL PAJE
Ruy Blas (hablando consigo mismo).—¿Qué hacer?... Ella es primero que todo; sólo en ella debo pensar. Aunque hubiese de perder la vida, aunque hubiera de dar mi alma al infierno, es preciso que yo la salve. Mas ¿de qué modo lo conseguiré?... Dar por ella mi sangre, mi corazón, mi vida, es cosa fácil; pero ¿cómo destruir la inicua trama? Hay que adivinar lo que ese hombre maquina, lo que se propone. Ese hombre surge de repente de entre las tinieblas y luego desaparece... ¿Qué hace en la oscuridad?... ¡Cuando reflexiono que, en el primer momento de sorpresa, le he rogado sólo por mí, me acuso de estúpido y de cobarde!... Está visto que ese hombre es un malvado, y me parece ahora imposible que yo haya tenido esperanza de que, al juzgarse dueño de la presa, se contentara con la mitad y dejase en paz á la reina por conmiseración á su criado... Sin embargo, ¡miserable de mí! es forzoso salvarla, ya que la he perdido, es indispensable á toda costa... si no, se acabó todo... ¡Y caer tan abajo después de subir á tanta altura!... ¿Acaso habré soñado?... ¡Oh! quiero salvarla... Quiero salvarla y todavía ignoro cómo y por dónde vendrá el traidor... Él es tan dueño de mi vida como de esta casa, de la cual conoce todos los secretos y tiene todas las llaves. Puede entrar y salir, penetrar alevosamente y pisotear mi corazón como este mismo suelo... Sí, yo soñaba... La fortuna improvisada había perturbado mi cabeza... Estoy loco, no puedo coordinar ni una sola idea... Mi razón, de la cual estaba tan orgulloso, no es más que un débil junco que se dobla al soplo del huracán... ¡Dios mío, Dios mío! ¿Qué haré?... Ante todo es necesario impedir que salga de palacio... Ahí está el lazo sin duda alguna... Todo es oscuro en torno mío... Presiento la trama, pero no puedo verla... ¡Cuánto sufro!... Ya está dicho. Impediré que salga, la avisaré inmediatamente... ¿Y por quién, si no tengo ninguna persona de confianza?... (Reflexiona, dando muestras de abatimiento. De pronto, como herido por una súbita inspiración, que le infunde una esperanza, levanta la cabeza.) Sí, Guritán la ama... Es hombre leal... ¡Oh! sí, sí, eso es. (Llama con un signo al paje, y le dice en voz baja:) Véte inmediatamente á casa de don Guritán y preséntale mis excusas; dile luego que vaya sin perder momento á ver á la Reina y que en nombre suyo y mío la conjure á que, suceda lo que quiera, no salga de palacio en tres días; ¿lo oyes bien? que en tres días no salga... Corre... (Llamando de nuevo al paje.) ¡Ah! espera. (Saca de su cartera una hoja de papel y un lápiz.) Dile que entregue esto á la Reina y que esté alerta. (Escribe con rapidez sobre una rodilla.) «Dad crédito á don Guritán y haced lo que os aconseje.» (Dobla el papel y se lo entrega al paje.) Añade que, en cuanto á nuestro desafío, estaba yo en un error, que me pongo á sus órdenes, que me compadezca porque sufro mucho, y que públicamente le daré una satisfacción... Manifiéstale también que ella corre un gran peligro, que es preciso que no salga á lo menos en tres días, suceda lo que quiera. Hazlo todo puntualmente; sé discreto; no dejes traslucir nada...
El paje.—Confiad en mí; os quiero porque sois un buen amo.