Ruy Blas.—Pues corre, pajecillo, corre. ¿Estás ya enterado?
El paje.—Sí, quedad tranquilo.
(Sale.)
Ruy Blas (que al quedar solo cae desplomado en un sillón).—Voy tranquilizándome, y sin embargo, experimento aún síntomas de locura... Concibo confusamente multitud de ideas que muy luego se me olvidan... El medio de acudir á don Guritán es seguro... Pero yo ¿habré de esperar aquí á don Salustio?... ¿Y para qué?... No, no quiero esperarle; esto le inutilizará por todo un día... Voy á orar á cualquier iglesia... Necesito inspiración y Dios me la concederá. (Toma el sombrero y agita una campanilla colocada sobre la mesa. Aparecen en la puerta del fondo dos negros vestidos de terciopelo verde claro y brocado de oro.) Voy á salir. Dentro de poco vendrá un hombre que acaso penetre por una puerta reservada. Si veis que procede aquí como si fuera el amo, dejadle; y si viniesen otros... (Después de vacilar un momento.) ¡qué diablo! dejadlos entrar. (Despide con un ademán á los negros, que se inclinan en señal de obediencia y se van.) Vámonos.
(Sale.)
(En el momento de cerrarse la puerta se oye un gran estrépito en la chimenea, por la cual se ve caer á un hombre embozado en una capa hecha girones y que se precipita en la habitación. Es D. César.)
D. César.—Esta capa me parece más decente que la mía.
ESCENA II
D. CÉSAR