D. César (azorado, anhelante, despeinado, aturdido y con expresión alegre é inquieta al mismo tiempo).—Lo siento, pero soy yo. (Se levanta frotándose la pierna sobre la cual ha caído y adelántase por la habitación con el sombrero en la mano y haciendo saludos.) Dispensad, no me hagáis caso, ya me voy... Podéis seguir hablando... Continuad, por favor... No podéis figuraros cuánto siento haberos interrumpido... (Se detiene en medio de la habitación y se apercibe de que está solo.) ¡Nadie! Y sin embargo, hace un momento que, desde el tejado, creí haber oído rumor de voces... ¡Nadie! (Sentándose en una butaca.) ¡Perfectamente! Descansemos: ¡qué hermosa es la soledad!... ¡Uf!... ¡Cuántas peripecias!... ¡Estoy asombrado de mí mismo!... Y todas tan inesperadas como la lluvia que, al sacudirse, nos arroja un perro que se acaba de bañar. En primer lugar, los alguaciles que me cogieron entre sus garras; luego mi ridículo embarque; después los corsarios; aquella gran ciudad donde tanto me han maltratado; las tentaciones contra mi virtud por aquella mujer amarilla; mi salida de la prisión, mis viajes, y por último, mi regreso á España. ¡Vaya una novela! El mismo día de mi llegada vuelvo á ver á los malditos alguaciles; me persiguen encarnizadamente y huyo á la desesperada; salto un muro, diviso una casa escondida entre los árboles, corro á ella sin que nadie me vea, gano el tejado y me introduzco en el interior por una chimenea donde queda hecha trizas mi mejor capa... La verdad, el caballero Salustio es un bandido... (Mirándose en un pequeño espejo colocado sobre el guardarropa, que tiene cajones esculpidos.) Mi jubón me ha acompañado en todas mis desdichas y resiste valerosamente las injurias del tiempo. (Se quita la capa y se mira en el espejo el jubón de seda usado, roto y con remiendos; luego se lleva con rapidez la mano á la pierna, á la vez que fija la vista en la chimenea.) Pero mi pierna ha sufrido horriblemente con la caída. (Abre los cajones del guardarropa, y en uno de ellos encuentra una capa de terciopelo verde claro bordada de oro: la misma que D. Salustio dió á Ruy Blas. La examina y la compara con la suya.) Esta capa me parece más decente que la mía. (Se la pone y coloca en su lugar la suya después de haberla doblado cuidadosamente; luego, abollando de un puñetazo su sombrero, colócale encima de la capa vieja, vuelve á cerrar el cajón y se pasea con orgullo embozado, luciendo la capa nueva.) Sea como fuere, ya estoy de vuelta en España y todo va bien... ¡Ah, querido primo! ¿deseas que emigre á esos países de África, donde el hombre hace el papel de ratón del tigre? Pues bien, me vengaré de ti de un modo espantoso... en cuanto almuerce... Iré á tu casa con mi verdadero nombre, llevando tras de mí la innumerable caterva de mis acreedores, seguidos de sus hijos, y te entregaré á su voraz apetito. (Ve en un rincón un magnífico par de botinas con encañonados de encaje.—Arroja con viveza sus zapatos viejos y se pone aquellas.) Ahora veamos dónde me han traído mis desventuras. (Examina la habitación por todos lados.) Casa misteriosa y á propósito para tragedias. Puertas cerradas, ventanas con barrotes, un verdadero calabozo... En esta deliciosa mansión se ha de entrar por arriba, como el vino entra en las botellas... ¡El vino! ¡Qué bueno es el vino, cuando es bueno! (Se apercibe de la pequeña puerta de la derecha, la abre, entra precipitadamente en el gabinete con que comunica y vuelve á salir demostrando admiración.) ¡Maravilla de maravillas! ¡Un gabinete sin salida y donde todo está cerrado también! (Va á la puerta del fondo, la entreabre y mira hacia fuera; luego la vuelve á cerrar y se dirige al proscenio.) ¡Nadie!... ¿Dónde diablos me he metido?... El caso es que he conseguido huir de los alguaciles; lo demás importa poco. Y luego que no es cosa de asustarse ni de tomar un aire lúgubre, porque nunca haya visto una casa que esté así dispuesta. (Vuelve á sentarse en la butaca, bosteza y casi inmediatamente se levanta.) El caso es que me aburro sobremanera. (Distinguiendo un pequeño armario adosado á la pared, en el rincón de la izquierda.) Veamos, esto tiene aspecto de ser una biblioteca. (Se dirige al mueble y le abre, resultando ser un repostero bien provisto.) Justo y cabal. Una empanada, vino, una torta, seis botellas, correctamente alineadas... Me convenzo de que he calumniado á esta casa. (Examina las botellas una por una.) Esto es exquisito... ¡Oh respetable armario, yo te saludo! Veamos primero esto. (Llena el vaso y bebe de un trago todo el líquido.) ¡Es una obra admirable de ese famoso poeta que se llama el Sol! Jerez de los Caballeros no ha producido nada mejor. (Se sienta, llena otro vaso y bebe.) ¿Qué libro vale lo que esto? No hay nada que tenga más espíritu. (Bebe.) ¡Ah! ¡Cómo conforta! Ahora comamos. (Corta un pedazo de empanada.) Esos bribones de alguaciles han quedado vencidos... No darán con mi pista. (Come.) ¡Oh! Reina de las empanadas... Pero si viniese el dueño de la casa... (Se dirige al armario, saca otro vaso y un cubierto y los coloca sobre la mesa.) ¡Bah! Le convidaría... ¿Y si me hiciera arrojar de aquí?... Por si acaso comamos aprisa. (Come á dos carrillos.) Cuando haya concluído examinaré la casa. ¿Quién vivirá en ella? Tal vez sea un buen muchacho, y todo este misterio no sirva más que para ocultar una intriga amorosa. Después de todo, ¿qué mal causo yo aquí? Nada busco sino la hospitalidad de ese digno mortal y quiero pedirla á la manera antigua, abrazando el altar. (Se inclina y rodea la mesa con sus brazos. Luego bebe.) Reflexionemos: el hombre que tiene este vino, no puede ser un malvado; y además, si viene, le diré quién soy. ¡Ah, va á darse al diablo mi maldito primo!... ¡Cómo!... se dirá, ¿ese cualquiera, ese andrajoso, ese mendigo, ese bandido es don César de Bazán? Ni más ni menos, y primo de don Salustio por añadidura... ¡Oh, qué sorpresa y qué escándalo habrá en Madrid! ¿Cuándo ha venido? ¿Anoche? ¿Esta mañana? ¡Qué tumulto se formará al estallar la bomba, al volverse á oir mi olvidado é ilustre nombre! Pues sí, señores, es don César de Bazán: nadie pensaba en él, nadie hablaba de él, pero vivía, vive, no ha muerto... Los hombres dirán: ¡Diablo!... Y las mujeres: ¡Me alegro! Y á estas dulces exclamaciones, se mezclarán los ladridos de mis trescientos acreedores. ¡Qué hermoso papel voy á hacer!... ¡Lástima que no tenga dinero! (Se oye ruido en la puerta.) Alguien viene... Sin duda me arrojarán de aquí como un saltimbanqui... Sea lo que fuere... No hagas nada á medias, César.
(Se emboza hasta los ojos en la capa. Ábrese la puerta del fondo y aparece un lacayo con librea, llevando á la espalda voluminoso saco.)
ESCENA III
D. CÉSAR, UN LACAYO
D. César (mirando al lacayo de pies á cabeza).—¿Á quién venís á buscar? (Aparte.) En situaciones apuradas se necesita mucho aplomo.
El lacayo.—¿Don César de Bazán?
D. César (desembozándose).—Yo soy. (Aparte.) Esto es asombroso.
El lacayo.—¿Conque sois el señor don César de Bazán?
D. César.—Ya he dicho que sí. Yo soy César, el verdadero César, el único César, el conde de Garo...
El lacayo (colocando el saco en una butaca).—Dignaos ver si está justa la cuenta.