D. César.—¡No faltaba más!

El lacayo.—Con eso basta.

D. César.—Lo sé todo... y me quedo con el dinero. La cosa es tan clara que...

El lacayo.—¡Chist!

D. César.—¡Chist!... Es verdad, ya iba á ser indiscreto.

El lacayo.—Contad, señor.

D. César.—¿Por quién me tomas? (Admirando el volumen del saco.) ¡Qué hermosa pieza!

El lacayo (insistiendo).—Pero...

D. César.—Me inspiras confianza.

El lacayo.—Gracias. La cuenta está justa y en saquillos de oro y plata.